Capítulo 24. La hornada sin parte
El gráfico de consumo eléctrico mostraba una elevación sostenida durante seis horas. Mara lo comparó con los partes de horno extendidos en el mostrador del taller.
—Ese martes no figura ninguna cocción —dijo.
Samuel se inclinó sobre la curva. Afirmó que podía tratarse del termo, de una estufa o de una lectura estimada. La técnica de la compañía, presente por videollamada en el ordenador de Baeza, descartó las tres opciones. La potencia y la duración eran compatibles con el horno pequeño.
Lola buscó la fecha en una libreta propia.
—Yo preparé azul esa mañana. Rafaela dijo que era para pruebas de reposición.
—¿Cuántas? —preguntó Mara.
—No las vi cargadas.
Samuel sostuvo que había dejado las placas dispuestas y que Rafaela conservaba otra llave. Después recordó que el contador del horno fallaba a veces. Cada explicación añadía una posibilidad sin retirar la anterior.
El registrador interno del horno, recuperado después, mostraba un descenso gradual de temperatura durante la madrugada. No podían saber qué piezas entraron solo con aquella curva. Sí podían afirmar que alguien había cocido sin registrarlo.
—Los partes se usaban para justificar horas, material y restauraciones —dijo Baeza—. Omitir una hornada no es un descuido pequeño.
Samuel se apartó del mostrador.
—En este taller se han hecho favores toda la vida.
—Una hornada completa no es un favor —respondió Mara.
Lola abrió la taquilla inferior y sacó un bulto envuelto en tela.
—Tengo algo mejor que el parte.