Capítulo 23. Azul Montes
Carmen Barragán sostuvo la réplica con ambas manos. No necesitó darle la vuelta para reconocer la pincelada.
—Esto lo pintó Lola —dijo—. Hace el agua de una vez, sin volver al borde.
Lola, al otro lado de la mesa del obrador, no lo negó. Carmen examinó entonces el reverso. Las tres marcas triangulares formaban una línea irregular cerca de una esquina.
—Soportes viejos. Los retiraron cuando cambiaron las placas del horno pequeño.
Mara le preguntó por el azul. Carmen acercó la pieza a la ventana, donde la luz gris de la tarde reducía el brillo.
—Azul Montes. Más ceniza cuando queríamos que pareciera antiguo. Pero una fórmula no sale siempre igual. Cambia el horno, cambia el espesor, cambia quien mezcla.
Pidió ver otras fotografías. En dos réplicas señaló una nube violácea junto al dibujo y una acumulación oscura en los cantos. Las situó en campañas distintas, ambas posteriores a su jubilación. Recordaba haber enseñado aquella corrección a Lola y a Samuel.
—¿Puede asegurar quién coció cada pieza? —preguntó Mara.
Carmen dejó la réplica sobre el fieltro.
—Puedo decir quién sabía hacerla. No quién estaba aquí esa noche.
Era un límite útil. La mezcla y los apoyos vinculaban las piezas al Taller Montes. Las manos señaladas reducían el grupo, pero no convertían una memoria de oficio en prueba de autoría.
Lola miró las fotografías durante unos segundos.
—Yo creía que eran reposiciones de almacén —dijo—. Nadie me enseñó el hueco del panel.
Carmen no la absolvió ni la acusó. Solo preguntó cuántas réplicas habían encontrado.
Mara respondió que aún estaban aprendiendo a contarlas.