Capítulo 20. La maqueta
Joaquín llamó cuando Mara salía de la comisaría. No preguntó por el caso. Le dijo que ya habían publicado la selección para la exposición artesanal.
—No está el barco —añadió.
Mara se apoyó en una pared, apartada del paso. Había visto la maqueta durante meses: las cuadernas rehechas, la cubierta levantada dos veces, las velas guardadas en una caja para que no cogieran polvo.
—Había muchas solicitudes —dijo.
Oyó su propia frase y supo que no servía. Era la explicación que se daba cuando se quería cerrar una decepción sin mirarla.
—Sí —respondió Joaquín—. También había muchos barcos peores.
No sonó enfadado, sino herido en un lugar que no solía enseñar. Contó que el jurado había elogiado el acabado y después había elegido obras más grandes. Él esperaba que tantos meses de trabajo tuvieran un sitio fuera de casa.
Mara estuvo a punto de decirle que podía presentarlo a otra convocatoria. No lo hizo.
—Te ha dolido quedarte fuera.
—Claro. No lo hice para ganar, pero quería que lo vieran.
Pasó un autobús y Mara tuvo que taparse el otro oído. Joaquín esperó a que cesara el ruido.
—Lo siento —dijo ella—. Sé lo que trabajaste.
Hablaron del tamaño de la urna que había comprado antes de conocer el resultado. Joaquín todavía no sabía si devolverla. No tomaron ninguna decisión sobre ella.
Cuando colgaron, la decepción seguía allí. También el barco. Ninguna de las dos cosas se había vuelto menor por decirla en voz alta.