Capítulo 19. La primera caja
Mateo León eligió sentarse frente a la puerta del despacho. Mantuvo la chaqueta puesta y las manos entre las rodillas mientras Mara colocaba dos etiquetas en fundas transparentes.
La primera decía DEPÓSITO PÚBLICO / CASA DEL ALFAR . La segunda, adherida encima, COLECCIÓN MONTES / MATERIAL DE ESTUDIO .
—Yo transporto lo que me entregan —dijo Mateo.
—También cambia lo que pone fuera.
Mateo negó haber cambiado las etiquetas hasta que Mara le mostró la ampliación de una huella parcial en el adhesivo. No era una identificación concluyente, pero la empresa había comprado aquel modelo y su firma constaba en la hoja de ruta.
Mateo soltó el aire.
—Rafaela dijo que la primera estaba mal. Que el depósito municipal no admitía la caja por un problema de inventario.
—¿La abrió?
—No.
—¿Preguntó por qué una pieza pública pasaba a ser una colección privada?
—Dijo colección Montes, no privada. Pensé que seguía en el taller.
La primera caja fue a La Cartuja. Dos días después, Mateo la llevó a un almacén de la intermediaria que figuraba en la subasta. Cobró en efectivo por el segundo trayecto y no lo incluyó en la factura mensual.
—Ahí sí dejó de pensar —dijo Mara.
Mateo bajó la vista. Admitió otros cambios de etiquetas. Las órdenes posteriores llegaban desde una cuenta compartida del taller; solo en aquella primera podía asegurar que habló con Rafaela. Insistió en que nunca entraba en el taller de noche.
Durante la franja de la muerte estaba en el depósito de La Cartuja. Dos trabajadores, tres movimientos de carretilla y el cierre de un manifiesto lo situaban allí desde las siete y cincuenta hasta las nueve y cuarto. A las nueve y veintisiete recibió las dos cajas de Rafaela.
Su declaración no lo apartaba de la red. Situaba a Rafaela antes de la subasta y antes de Álvaro, en el momento preciso en que una caja pública recibió otro nombre.