Capítulo 13. Los nombres ausentes
Lola leyó la memoria de restauración en una mesa del centro cívico. En la portada aparecían la Fundación Cauce Sur, el programa municipal y el Taller Montes. Dentro figuraban Rafaela como responsable artística, Inés como conservadora y Samuel como encargado técnico.
Su nombre no estaba.
Tampoco los de Julia, Marisa o las dos aprendices que habían repasado fondos durante la segunda campaña. Las fotografías mostraban sus manos sin mostrarles la cara.
—¿Es habitual? —preguntó Mara.
Lola pasó una página. Había pintado aquellas hojas de acanto durante nueve días.
—Es habitual que firme el taller.
—Le pregunto si es habitual para usted.
Lola notó la impaciencia antes de contestar. No iba dirigida a Mara. Llevaba años aprendiendo a llamar trabajo colectivo a una lista con un solo apellido.
—Sí. Eso no quiere decir que esté bien.
Explicó cómo llegaban los dibujos: calcos numerados, pruebas de color y órdenes separadas. Una persona podía pintar un borde sin ver el panel completo. Las réplicas se presentaban como ejercicios, reposiciones para venta o muestras de técnica.
—¿Inés sabía quién las hacía?
—A veces preguntaba. Rafaela decía que lo importante era que todas pintáramos igual.
Mara señaló una fotografía. Se veía el molino de la fila inferior antes de la cocción. Una mano sostenía el pincel, cortada por el encuadre a la altura de la muñeca.
—¿Había otra relación de personal?
Lola negó. Si alguien quería saber quién había pintado una línea, tenía que preguntar en el taller y confiar en que aún quedara quien la recordase.
La memoria atribuía el trabajo al Taller Montes. Las manos servían para demostrar el proceso; los nombres no habían parecido necesarios.