El azul de Triana (Casos de Mara Cid 4) Capítulo 14. Lola
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Capítulo 14. Lola

La réplica descansaba sobre espuma, con el frente hacia arriba. Lola pidió verla sin el cristal de aumento. Necesitaba la distancia de la mesa de pintura.

Reconoció primero el negro. Había trazado los radios de la rueda con un pincel de marta que se abría al girarlo. En uno quedaba una doble línea casi invisible. Después vio la coma junto al borde azul.

—La pinté yo.

Mara no escribió todavía.

—Cuénteme cuándo.

Había sido durante la segunda campaña. Rafaela entregó a Lola un calco y un azulejo envejecido en los bordes.

Dijo que el centro cívico necesitaba una muestra para explicar el proceso a escolares.

Lola imitó grietas y pérdidas porque el ejercicio consistía en reproducir el estado, no la imagen ideal.

—¿Le pareció normal usar una pieza antigua como modelo?

—Trabajábamos con fotografías. Había cajas que entraban y salían. Yo no llevaba el inventario.

Rafaela corrigió el primer azul. Añadió más ceniza tamizada para quitarle brillo y pidió otra cocción. Lola recordó su satisfacción cuando el nuevo esmalte pareció viejo.

—¿Cuándo comprendió que se había instalado?

—Ayer.

La palabra salió demasiado deprisa. Lola explicó que había sospechado al ver otras pruebas embaladas, pero nunca comprobó el panel. Temía preguntar y descubrir que la respuesta le exigía marcharse.

Aquella noche había dado un curso de iniciación en un centro cívico de Los Remedios.

La entrada con su código, una compañera que la llevó en coche y doce alumnos la situaban allí entre las siete y cuarenta y las nueve y media.

El silencio de Lola tenía consecuencias, pero no un hueco para el homicidio.

Mara le pidió los cuadernos de color y hornadas.

—Son del taller.

—También contienen su trabajo.

Lola sostuvo la mirada. Entregarlos podía cerrar el lugar del que dependía su sueldo. Se levantó para buscar la caja donde guardaba los suyos.