Capítulo 7. Cuarenta y ocho piezas
Nerea había preparado tres inventarios sobre una mesa de la Casa del Alfar. Uno pertenecía al centro cívico, otro a la fundación que pagó la restauración y el tercero al Taller Montes. Los tres sumaban cuarenta y ocho piezas.
Mara empezó por las fechas.
—¿Cuándo se desmontó el panel?
—Nunca entero. Se trabajó por campañas. Se retiraban piezas inestables y se devolvían después.
—¿Quién comprobaba la devolución?
Nerea señaló su firma en la última columna. Admitió que las cajas llegaban cerradas y que el equipo revisaba el frente una vez colocado. Los reversos quedaban cubiertos por el mortero.
La especialista que había examinado la réplica proyectó dos imágenes. En la antigua, el molino tenía una pérdida irregular junto a la rueda. En la reciente, la pérdida aparecía imitada con esmalte mate.
—Alguien reprodujo hasta el daño —dijo.
Nerea pasó las hojas con más fuerza de la necesaria.
—El contrato exigía reintegrar sin falsear. Una copia completa habría tenido que declararse.
Mara revisó las líneas. Algunas decían limpieza, fijación o consolidación. Ninguna decía sustitución. Tampoco había una casilla destinada a registrar quién había pintado una reproducción.
—¿Dónde están las fotografías de los reversos?
—Inés llevaba ese archivo. La fundación recibió una selección.
Mara miró el panel. Desde el centro del patio, las cuarenta y ocho piezas formaban una imagen continua. En el inventario rodeó la cifra final y escribió debajo: comprobar cada reverso .