Capítulo 4. El azul
La especialista reunió a Lola y a Baeza en el patio de la Casa del Alfar. Abrió en la tableta la fotografía del fragmento que ya se examinaba en el laboratorio. La funda de papel estaba arrugada y tenía una mancha gris en un borde. Lola reconoció el dibujo antes de que ampliaran la imagen.
—Ese azul es del panel de la Casa del Alfar.
—¿Por el color?
—Por el dibujo. Es la rueda de uno de los molinos.
Baeza amplió la imagen. El fragmento cabía en dos dedos y mostraba tres radios negros sobre un fondo azul gastado.
Nerea Cifuentes las esperaba junto al panel con el inventario impreso y una expresión de cansancio que parecía anterior a la llamada.
El muro estaba acordonado, pero a simple vista no faltaba ninguna pieza.
Lola se situó a tres metros. Encontró el molino en la fila inferior. La rueda estaba completa.
—Puede proceder de otra obra —dijo Nerea—. Estos motivos se repetían.
La especialista acercó una luz rasante a la superficie. Midió la grieta, tomó imágenes y comparó el esmalte con el fragmento sin hacerlos tocar. Después examinó el borde junto al mortero.
—La pieza instalada es más reciente —dijo—. Muy buena, pero reciente.
Nerea pasó una página del inventario.
—Aquí no consta sustitución.
Lola se fijó en el azul nuevo. Reconocía la manera en que se había dejado secar el pincel antes de dibujar los radios. En el taller les enseñaban a evitar que la línea engordara al final.
Quien pintó aquella rueda había aprendido en la mesa donde ella trabajaba.