El azul de Triana (Casos de Mara Cid 4) Capítulo 3. La marca
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Capítulo 3. La marca

La policía separó a Lola y Rafaela antes de que llegara la ambulancia. A Lola le dieron una silla junto a la puerta del esmalte. Desde allí veía una parte del patio y las botas blancas de quienes entraban.

Un agente llevó a Baeza el inventario preliminar.

El bolso de Inés estaba bajo una silla de la mesa de moldes, no junto al cuerpo.

Dentro encontraron el teléfono apagado y una funda de papel rasgada con varias hojas copiadas del catálogo.

A una le faltaba un borde irregular. No estaba allí el catálogo completo.

Había repetido tres veces que solo tocó el cuello de Inés. La cuarta vez añadió que el estante era ligero.

—¿Cuánto? —preguntó la inspectora Clara Baeza.

—Lo movemos entre dos si está lleno. Vacío, una persona puede arrastrarlo.

—¿Estaba lleno ayer?

Lola intentó recordar el final del turno. Cajas de pruebas en la balda inferior, moldes pequeños arriba. Nada que explicara el ruido que habría hecho al caer.

—A medias.

En el patio, un técnico levantó la tabla que cubría la pierna. Debajo apareció polvo sin aplastar. Lola lo vio inclinarse para fotografiarlo.

—¿Conocía esa marca? —preguntó Baeza.

Lola comprendió que se refería al cuello.

—No.

—¿Llevaba Inés pañuelo, cadena, algo ajustado?

—Trabajaba con colgantes a veces. Aquí no. Se pueden enganchar.

Rafaela permanecía al otro lado del obrador. Hablaba con un agente y señalaba la cerradura del patio. Conservaba los brazos pegados al cuerpo.

Baeza pidió a Lola que describiera el estante. Ella explicó que una pata cojeaba desde verano y que lo habían calzado con un trozo de madera. El taco seguía junto a la pared, colocado con la cara limpia hacia arriba.

Un sanitario cruzó el taller y habló en voz baja con Baeza. Nadie volvió a acercarse a Inés.

Lola miró la franja de polvo protegida bajo su espalda. El estante había caído, pero aquella franja parecía haber estado ocupada antes.