Capítulo 2. El patio de carga
A la mañana siguiente, Lola llegó al taller a las seis y diecisiete.
La llave se atascó como cada mañana y tuvo que levantar la hoja de la puerta mientras giraba.
Dentro olía a barro húmedo, serrín y al café viejo que Samuel dejaba en el termo.
Rafaela solía llegar diez minutos después para revisar la carga del horno.
Encendió solo las luces del obrador. La hornada debía empezar antes de las siete y Rafaela se enfadaba si el horno encontraba humedad en las piezas. Lola dejó el bolso bajo su mesa y cruzó hacia el patio de carga para abrir la ventilación.
Vio primero el estante.
Había caído de lado, con cajas de bizcocho rotas alrededor. Una tabla descansaba sobre una pierna de Inés. El resto del cuerpo quedaba torcido entre el mueble y la pared, la cara vuelta hacia el suelo.
—Inés.
Lola dio dos pasos y se detuvo. La mano derecha de la conservadora estaba cerrada alrededor de un papel rasgado. Entre los dedos asomaba una punta azul.
Se agachó sin tocarla. No vio movimiento en la espalda. Cerca del hombro había una línea en el polvo, como si una caja hubiese sido apartada después de caer.
Marcó el 112. La operadora le pidió que comprobara si respiraba siempre que pudiera hacerlo sin ponerse en peligro.
Lola apoyó dos dedos en el cuello, por debajo de la mandíbula. La piel estaba fría. Retiró la mano y vio una señal oscura, incompleta, casi oculta por el cuello de la blusa.
—Hay un mueble encima —dijo—. Creo que lleva horas aquí.
Mientras daba la dirección, oyó abrirse la puerta de la calle. Rafaela apareció en el pasillo con el abrigo puesto.
Miró el estante. Luego miró a Lola.
—¿Qué has tocado?