Capítulo 79. La cuenta compartida
Con el paso de los meses, los viajes de Inés y las noches de Nico en Alicante se volvieron parte del calendario.
Algunas semanas coincidían; otras, apenas podían cenar juntos.
No siempre les gustó. Una vez discutieron porque Inés cambió una visita a Madrid sin avisar y Nico reservó una noche de restaurante el mismo día que ella regresaba.
Otra vez, él olvidó llamar desde Alicante y ella no quiso escribirle primero por orgullo.
El domingo siguiente, hablaron de ello en el porche.
—No quiero que cada cambio de horario sea una discusión sobre si somos importantes el uno para el otro —dijo Inés.
—Yo tampoco.
—Pero si cambias un plan conmigo, necesito que me lo digas antes de comprometerte con otra cosa.
—Tienes razón. Y si tu trabajo te cambia los días, prefiero que me lo cuentes cuando lo sepas, no cuando ya esté resuelto.
—De acuerdo.
—No quiero pedirte que dejes de viajar.
—Y yo no quiero fingir que me da igual cuando no podemos vernos.
—Podemos planear una noche cada vez que regresemos los dos. No todo el mes; solo la siguiente.
—Eso sí es posible.
No hicieron una cuenta conjunta ni mezclaron sus ingresos.
Acordaron compartir algunos gastos de casa cuando Nico dormía allí y repartir las compras de las cenas que organizaban juntos.
Inés mantuvo su apartamento en Valencia; Nico conservó su habitación en la casa familiar, que usaba cuando ayudaba a Clara.
No era una decisión definitiva sobre dónde vivir.
Era una forma explícita de no dejar que la convivencia ocurriera por cansancio o por comodidad.
—¿Te parece raro que llevemos tiempo juntos y sigamos con dos casas? —preguntó Inés.
—No. Me parece práctico. Si algún día quieres vivir conmigo, lo hablaremos. Si yo quiero que vivas conmigo, también.
—¿Y si no queremos lo mismo?
—Nos lo diremos antes de buscar cajas.
—Eso suena menos romántico de lo que esperaba.
—Puedo añadir flores.
—No hace falta.
Esa tarde, Nico se fue a Alicante. Inés tuvo una llamada del festival y luego revisó las cuentas de la finca.
No cambió su vida para evitar echarlo de menos.
Cuando él regresó dos días después, fueron a cenar a un restaurante pequeño y hablaron de una película mala que habían visto por separado.
La distancia no se había convertido en una aventura ni en una amenaza.
Era una circunstancia que podían nombrar y ajustar.
A finales de año, el restaurante de Alicante le ofreció a Nico una fecha mensual.
Él aceptó tres meses de prueba. Inés recibió la oferta para producir un segundo festival y negoció un calendario parecido al primero.
La finca cerró el ejercicio con números sostenibles y una reserva de mantenimiento.
No tenía beneficios espectaculares ni había terminado todas las obras.
Sí podía pagar a su equipo, atender sus compromisos y planificar el siguiente trimestre sin pedirle a nadie que trabajara gratis.
En la cena de fin de año, Blanca brindó por el equipo.
Mara habló de sus nuevos proyectos; la directora de operaciones contó que había aprendido a usar el programa de reservas sin llamar a Inés.
Nico anunció que llevaría su menú de Alicante a la cena vecinal.
Inés no anunció nada. Escuchó, probó la tarta y se sintió feliz de no tener que dirigir la conversación.