El azar no acepta reservas Capítulo 80. Lo que reservamos
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Capítulo 80. Lo que reservamos

Un año después, la primera boda de la temporada se celebró en el jardín.

Inés había llegado temprano, pero no llevaba carpeta.

La directora de operaciones revisó el montaje con Mara; Nico ajustó el menú con su segundo; Blanca recorrió la finca comprobando que las puertas del ala norte estuvieran abiertas.

Inés ayudó a una invitada a encontrar el baño y luego se quedó junto a la fuente.

La pareja había elegido una ceremonia breve. Antes de empezar, el novio se dio cuenta de que había dejado los anillos en el coche. La coordinadora lo acompañó a buscarlos. La novia esperó con calma, conversando con su hermana. Nadie pidió a Inés que corriera.

—¿Todo bien? —preguntó Nico desde la puerta de la cocina.

—Sí.

—¿No vas a revisar el cronograma?

—No.

—¿Y si se retrasa la comida?

—Mara lo sabe.

—¿Y si se pone a llover?

—Hay un plan de lluvia.

—¿Y si el perro lleva la alianza?

—Entonces el perro estará invitado.

Nico se acercó y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Has cambiado.

—He delegado.

—También has cambiado.

La ceremonia empezó siete minutos tarde.

Los novios se dieron los anillos, se besaron y caminaron juntos hasta el patio.

El equipo sirvió la comida sin prisas. Una amiga de la novia lloró durante el brindis; el padre del novio contó un chiste malo; el perro de la familia permaneció tranquilo junto a la mesa de los niños.

Al atardecer, Inés y Nico se alejaron unos minutos hasta el camino del naranjal. No tenían un aniversario que celebrar ni una pregunta pendiente. Solo querían estar fuera del ruido.

—¿Te arrepientes de no haberte mudado a Madrid? —preguntó él.

—No. ¿Tú te arrepientes de no abrir un restaurante propio?

—No. Tal vez algún día. Ahora me gusta tener una cocina y una vida que no dependan de que yo sea el dueño de todo.

—A mí me gusta dirigir proyectos sin tener que vivir dentro de ellos.

—¿Y nosotros?

—Nosotros seguimos siendo una cosa que elegimos.

—Cada semana.

—A veces cada día.

Nico le tomó la mano. No había un anillo esperando ni una mudanza sorpresa ni una promesa de no separarse nunca.

Había conversaciones, acuerdos y espacio para cambiar.

Inés pensó que antes habría confundido eso con falta de romanticismo.

Ahora sabía que elegir una relación sin borrarse a uno mismo también podía ser una manera de quedarse.

Desde la finca llegó una carcajada y luego el sonido de un vaso que alguien dejó sobre una mesa. La celebración seguía.

—Tenemos que volver —dijo Inés.

—¿Por trabajo?

—Por la tarta.

—Eso sí es urgente.

Regresaron caminando. Al entrar en el patio, Mara los llamó para que probaran el postre. El equipo tenía todo bajo control. Inés se sentó junto a Blanca y recibió un plato. Nico se quedó de pie un momento, hablando con el cocinero, y luego buscó una silla a su lado.

La noche terminó sin discurso. La finca se vació poco a poco; los farolillos se apagaron; las puertas quedaron cerradas. Inés y Nico regresaron a casa a pie. Al día siguiente, él tenía que viajar a Alicante y ella debía preparar una reunión del festival. Ninguno lo llamó sacrificio.

—¿Qué hacemos el domingo? —preguntó Nico.

—Desayunar.

—¿Y después?

—No lo sé.

—Entonces lo reservamos.

—¿El qué?

—El tiempo. No el plan.

Inés sonrió.

—Eso sí.

Al llegar a casa, dejó el teléfono sobre la mesa. No tenía que comprobar que el día siguiente estuviera vacío; no lo estaría. Tampoco necesitaba que todo estuviera resuelto para sentir que había llegado a algún sitio.

La vida seguía sin aceptar reservas. Ellos habían aprendido a guardar un espacio.