Capítulo 78. La invitación de Nico
La propuesta llegó en forma de nota de voz de un antiguo compañero de cocina.
Un restaurante de Alicante iba a cerrar durante dos meses por reformas y quería invitar a varios cocineros a ocupar la cocina en fines de semana alternos.
Cada invitado diseñaría un menú propio y se quedaría con una parte de la recaudación.
No era un empleo estable ni una fortuna.
Era una oportunidad de cocinar algo distinto sin cargar con el alquiler de un local.
Nico escuchó el mensaje dos veces y no contestó.
—¿Qué te han ofrecido? —preguntó Inés.
Él le puso el audio. Cuando terminó, ella lo miró.
—¿Quieres hacerlo?
—Me interesa.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Sí. Quiero probarlo. Pero hay dos fines de semana que coinciden con eventos de aquí.
—¿Qué fechas?
Nico se lo enseñó. Una era una cena de empresa que podía mover de fecha; la otra, una boda que ya estaba contratada.
—No podemos dejar la boda —dijo él—. Y tampoco quiero que parezca que acepto algo y luego intento reorganizar todo el calendario alrededor de mí.
—No lo hagas. Pregunta si puedes tomar los otros fines de semana. Si no, rechazas esas fechas.
—¿Y si el restaurante quiere a alguien disponible todos los fines de semana?
—Entonces decides si la oportunidad te interesa más que el trabajo aquí durante dos meses.
—¿Y a ti te parece bien que me vaya a Alicante varios días al mes?
—Me parece bien que tengas un proyecto propio. Me gustaría saber cómo encaja con lo que ya tenemos y cuánto tiempo estarías fuera.
—Serían dos noches cada vez.
—Podemos hablarlo con el equipo. La cocina no puede depender de que tú estés aquí todos los días.
—No quiero que mi salida se convierta en una prueba de independencia para todos.
—No tiene por qué. Si se puede cubrir, se cubre. Si no, se cambia una fecha. Si ninguna opción funciona, no aceptas.
Nico llamó a su compañero y propuso dos fines de semana al mes, sin las fechas comprometidas. El restaurante aceptó, aunque le pidió que diseñara un menú que pudiera prepararse con el equipo local. Nico tardó tres días en contestar de manera definitiva.
—Voy a hacerlo —dijo a Inés.
—¿Qué menú?
—Todavía no lo sé.
—¿Y qué vas a cocinar?
—No quiero que me salga como una carta de La Senda. Quiero que sea algo más pequeño, de mercado.
—Entonces ve al mercado.
—¿Ahora mismo?
—Mañana. Hoy tenemos una cena.
El equipo pudo mover la cena de empresa a un jueves.
La boda quedó protegida. Nico preparó un menú que cambió dos veces después de hablar con los productores locales: alcachofas, pescado de roca, arroz meloso y una tarta de cítricos.
No era una ruptura con su cocina de siempre, sino una forma de explorarla sin servir a ciento veinte personas.
La primera noche en Alicante fue un éxito modesto. Cuarenta cubiertos, dos platos que se agotaron antes del postre y una salsa que Nico decidió retirar porque no estaba a la altura. Regresó a La Senda cansado, con una libreta llena de comentarios y el deseo de repetir.
—¿Te lo pasaste bien? —preguntó Inés.
—Sí. Y me equivoqué en una salsa.
—¿La retiraste?
—Sí.
—¿Y qué hiciste?
—Serví otra cosa.
—Eso parece una noche buena.
—Lo fue.
Inés lo besó en la entrada de la cocina.
No había esperado que renunciara a una oportunidad para demostrar que la quería.
Él no había esperado que ella le organizara el proyecto.
Se contaron cómo había ido cada jornada y luego volvieron al trabajo que compartían, con la experiencia de haber tenido, cada uno, un espacio propio.