El azar no acepta reservas Capítulo 77. La reserva
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Capítulo 77. La reserva

Al final del verano, la sala nueva celebró su primera boda pequeña.

La pareja había elegido una ceremonia al atardecer, cincuenta invitados y un menú de Nico.

Mara coordinó la llegada, la directora de operaciones supervisó el montaje y Blanca se sentó en la última fila.

Inés asistió como invitada. No llevaba credencial ni carpeta; llevaba un vestido claro y una sandalia que le hacía rozadura.

Antes de la ceremonia, la novia perdió un pendiente. Lo encontraron dentro de una caja de servilletas. El novio se manchó la camisa con café. Una niña tiró de un cordel de farolillos y dejó caer dos. El equipo resolvió cada cosa sin llamar a Inés.

—¿No vas a intervenir? —preguntó Nico al verla mirar desde el pasillo.

—No.

—¿Ni aunque se caiga otro farolillo?

—Depende de dónde caiga.

—Eso no es confiar.

—Es tener criterio.

La ceremonia empezó diez minutos tarde. Nadie protestó.

Cuando los novios se dieron el sí, la luz caía sobre el jardín y la música sonaba desde el salón.

Inés pensó en la primera boda, en la alianza que llevaba un perro y en el cronograma que no había sobrevivido a la lluvia.

No porque todo hubiera mejorado hasta ser perfecto, sino porque el equipo había aprendido a dejar espacio a lo que no podía controlar.

El banquete transcurrió sin incidentes. En el postre, la pareja pidió a cada invitado que escribiera en una tarjeta una recomendación para los recién casados.

La novia leyó algunas en voz alta. Una decía: “No discutáis con hambre”.

Otra: “Guardad un día para no hacer nada, aunque tengáis que reservarlo”.

Nico le pasó a Inés la tarjeta.

—Esa la has escrito tú.

—No. Pero podría haberlo hecho.

Al terminar, los invitados se marcharon poco a poco. El equipo recogió el salón y dejó las sillas apiladas. Blanca se despidió de la pareja; Mara cerró la lista de objetos perdidos. Nico salió al jardín con Inés.

—¿Qué te apetece ahora? —preguntó él.

—Caminar hasta los naranjos.

—¿Y después?

—No lo sé.

—Me gusta ese plan.

Caminaron despacio. El aire olía a tierra seca y a hierba recién cortada. Desde la casa llegaban voces, pero a medida que avanzaban se hicieron más bajas. Se detuvieron junto a la acequia, donde el terreno empezaba a inclinarse hacia el camino.

—¿Te acuerdas de cuando llegaste? —preguntó Nico.

—No encontraba la finca.

—Y aun así aceptaste el trabajo.

—No sabía dónde me metía.

—¿Te arrepientes?

Inés pensó en el año transcurrido, en Madrid, en las noches de trabajo, en los contratos, en la deuda, en las cenas y en las conversaciones que no habían acabado con una solución perfecta.

—No. Pero no porque todo haya salido como esperaba. Me alegro de haberlo intentado.

—¿Y de nosotros?

—También. Me alegro de nosotros como somos, no como una versión fácil de contar.

Nico le tomó la mano.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Volvemos a la finca. Mañana tengo una llamada a las nueve.

—Creía que no íbamos a hacer planes.

—No es un plan. Es una obligación profesional.

—Entonces, ¿qué hacemos después?

—Desayunamos. Tú preparas café. Yo no abro el correo hasta después.

—¿Y luego?

—Luego vemos.

—Puedo vivir con eso.

—Yo también.

Se besaron al borde del campo, sin música ni invitados ni una promesa que necesitara testigos. Detrás de ellos, la finca mantenía las luces encendidas. Delante, el camino no indicaba cuánto faltaba ni adónde llegaba. Inés no intentó medirlo.

Esa noche, antes de acostarse, abrió el calendario. En el próximo mes encontró dos viajes, una cena vecinal, un taller de cocina y una boda. Añadió una reserva para el domingo: “Desayuno. No mover”. Luego apagó la pantalla.

A la mañana siguiente, la alarma sonó a las ocho y media. Nico preparó café y tostadas. Inés se sentó a la mesa con el pelo revuelto y el teléfono en otra habitación.

—¿Y si llaman? —preguntó él.

—Si es urgente, encontrarán a la directora de operaciones.

—¿Y si no es urgente?

—Esperará.

—¿Y si se quema algo?

—Tú estás en la cocina.

—¿Y si se quema el café?

Inés probó la taza.

—Entonces nos tomamos el té.

Nico rió. Ella también. El día todavía no había empezado del todo, y por una vez ninguno trató de adelantarse.