Capítulo 76. El año siguiente
Un año después, en una semana de primavera luminosa, la finca había cerrado otro ejercicio con un margen pequeño, pero positivo.
El grupo de Salcedo renovó por otro año, esta vez con una revisión de costes menos rígida.
El banco mantuvo la línea de crédito y Blanca decidió no vender el terreno.
La obra interior se terminaría por fases con dinero reservado para mantenimiento.
El festival de Madrid también había cerrado con buenos resultados.
Inés aceptó dirigir una nueva edición desde Valencia, viajando para los hitos importantes.
La directora de operaciones tenía autonomía para resolver los eventos de La Senda; Mara seguía dos días por semana y había empezado a diseñar sus propios formatos.
Nico contrató a un segundo cocinero fijo.
Nada de aquello convirtió la finca en un negocio invulnerable.
Una boda se canceló por enfermedad, el horno grande falló en el peor momento y el taller de febrero apenas cubrió los costes.
Pero el equipo ya no interpretaba cada contratiempo como el principio del final.
Revisaban las cuentas, ajustaban el calendario y tomaban la siguiente decisión.
Inés recibió una oferta para dirigir un festival gastronómico en otra ciudad, durante tres meses. La propuesta era interesante, bien pagada y exigía viajar más. Esta vez no sintió que tuviera que contestar antes de hablar con Nico. Le enseñó el correo durante la cena.
—¿Te gustaría hacerlo? —preguntó él.
—Sí. Pero quiero saber si puedo ajustar el calendario. Un mes entero fuera no me apetece.
—Entonces negocia eso.
—¿Y tú qué piensas?
—Pienso que te va a gustar. También pienso que tres meses viajando mucho pueden ser difíciles. Las dos cosas son verdad.
—¿Quieres que te prometa que no me iré?
—No. Quiero que hablemos del tiempo que estarías fuera y de cómo lo organizaríamos. Si no funciona, veremos qué hacemos.
Inés negoció dos visitas largas y el resto del trabajo desde Valencia. El festival aceptó una directora local para la operación diaria. Ella firmó por ocho semanas, no por tres meses. No sabía si sería su próximo paso profesional definitivo; sabía que quería probarlo.
El día de la salida, Nico la acompañó a la estación. No hubo una despedida dramática. Él llevaba una bolsa con dos bocadillos; ella, una maleta pequeña.
—¿Has metido demasiadas camisas? —preguntó él.
—No.
—¿Y la libreta?
—No llevo libreta.
—¿En serio?
—Llevo una libreta pequeña.
—Eso cuenta.
—No la voy a usar para planificar cada minuto.
—Lo compro.
El tren anunció su salida. Se abrazaron y se besaron. Inés subió sin volver la vista atrás. Desde la ventanilla, vio a Nico saludar con la mano. Él no le pidió que volviera pronto ni fingió que no la echaría de menos.
Durante las ocho semanas, tuvieron días fáciles y días largos.
Hubo una llamada que se cortó, una fecha que Nico olvidó y una discusión por un mensaje leído a destiempo.
También hubo desayunos compartidos por videollamada, una visita sorpresa de Clara y un domingo en que hablaron de todo menos del trabajo.
Al regresar, Inés no volvió a la estación donde se habían conocido; llegó en autobús a Valencia y tomó un taxi hasta La Senda. Nico la esperaba en el patio.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó.
—Bien. Y quiero contártelo todo. Pero primero quiero sentarme.
Él le acercó una silla.
—¿Y después?
—Después, cenamos.
—¿En la cocina o fuera?
—Fuera.
—¿Con reserva?
—No hace falta.
—En esta finca, todo necesita una reserva.
—Esta mesa es nuestra.