El azar no acepta reservas Capítulo 73. La primera semana sin agenda
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Capítulo 73. La primera semana sin agenda

La semana después de firmar los dos contratos, Inés se había reservado el martes y el miércoles por la mañana.

No había puesto nada en el calendario. El martes, se despertó a las siete, revisó el teléfono y volvió a dejarlo en la mesilla.

A las siete y veinte, pensó que podía adelantar un informe. A las ocho, bajó a la cocina.

Nico estaba preparando café.

—No tienes que ir a la finca —dijo.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé.

—Entonces puedes probar con eso.

Inés salió a caminar por el camino de los naranjos.

Había olvidado cuánto tardaba la mañana cuando no se medía en tareas.

Se cruzó con el jardinero, que le enseñó una rama nueva; saludó a una vecina que iba al pueblo y compró pan en la tienda.

Al regresar, encontró a Nico limpiando una caja de herramientas.

—Has vuelto —dijo él.

—Sí.

—¿Has descubierto algo?

—Que el pan sigue costando lo mismo aunque no haga un informe sobre él.

—Una información útil.

Se sentaron en el porche a desayunar. Inés no abrió el correo hasta después de comer. No ocurrió nada grave mientras tanto. El equipo resolvió una duda sobre una visita, la directora de operaciones confirmó una factura y Mara dejó una nota preguntando si podían probar un formato de brunch.

Por la tarde, Inés llevó un libro al jardín. Esta vez leyó treinta páginas sin interrumpirse. La novela seguía teniendo una herencia y una llave; los protagonistas por fin habían hablado con la verdad. Cerró el libro y miró el cielo.

—¿Te está gustando? —preguntó Nico desde la puerta.

—Sí.

—¿Pasa algo?

—No. Solo quería recordar cómo se siente estar aquí sin que alguien necesite que haga algo.

—¿Y cómo se siente?

—Un poco incómodo. Un poco bien.

—Es un comienzo.

—Eso dices mucho.

—Porque casi todo lo que vale la pena empieza con no saber hacerlo del todo.

—¿Y tú? ¿Has tocado el piano esta semana?

—Dos veces.

—¿La misma canción?

—Una distinta. La de mamá la toco los domingos.

—¿Y cómo va?

—La tecla sigue hundida.

—Podrías arreglarla.

—Podría. Pero me gusta el hueco.

—¿Seguro?

—No. Pero ya no me molesta.

Inés le hizo sitio en el banco. Nico se sentó y apoyó la cabeza contra su hombro. No tenía una pregunta que contestar ni un evento que salvar. La tarde siguió pasando a su ritmo, sin pedir permiso.