Capítulo 72. La frase que faltaba
En noviembre, el contrato del festival llegó a su revisión anual.
El director quería que Inés asumiera la dirección ejecutiva de manera permanente.
El sueldo era mayor y el equipo estable.
El puesto requería dos días a la semana en Madrid, además del mes de montaje.
Podía coordinarse desde Valencia, pero el cargo implicaba viajes frecuentes.
Inés pidió una semana para responder. El trabajo le gustaba. Necesitaba pensar qué quería hacer con la vida que ya había construido.
—¿Tienes miedo de que aceptar signifique perder La Senda? —preguntó Blanca.
—Un poco. También tengo miedo de rechazarlo porque me siento culpable por irme.
—No eres responsable de que la finca exista.
—Lo sé.
—No siempre parece que lo sepas.
Inés pasó una tarde revisando el calendario.
El festival podía encajar con sus responsabilidades si la finca contrataba a una directora de operaciones y si ella reducía su carga a planificación estratégica y clientes principales.
La propuesta costaba dinero. También podía hacer que La Senda funcionara de manera más sostenible.
Nico escuchó su idea sin interrumpirla.
—No quiero que contrates a alguien para que yo pueda irme —dijo ella—. Quiero que la finca tenga un puesto que necesita, independientemente de mí.
—¿Lo necesita?
—Sí. Ahora mismo Blanca aprueba pagos, tú resuelves la cocina, Mara coordina eventos y todos acudimos a la misma persona para cualquier problema. Eso no es sostenible.
—¿Y si no podemos pagarlo?
—Entonces reduzco mis funciones aquí y el puesto puede empezar a media jornada. Pero no voy a hacer los dos trabajos completos.
Nico asintió.
—Me gustaría que aceptaras el festival si quieres aceptarlo. También me gustaría que te quedaras aquí. No sé cómo combinar las dos cosas, pero podemos averiguarlo.
—¿Y si no sale?
—Lo volveremos a hablar. No es una prueba de que nos queramos o no.
El director del festival aceptó que Inés trabajara desde Valencia dos días por semana y viajara para las reuniones mensuales.
La finca, por su parte, contrató una directora de operaciones a tiempo parcial durante seis meses.
El sueldo de Inés se ajustó al nuevo alcance, y su participación en los eventos pasó a ser consultiva.
Inés firmó ambos acuerdos. El día que se lo contó al equipo, no hizo una presentación solemne. Dejó los documentos en la mesa y explicó quién tomaría cada decisión. Mara revisó el nuevo organigrama y señaló un error en el teléfono de la directora. Inés lo corrigió.
—¿No vas a decir algo inspirador? —preguntó Nico cuando se quedaron solos.
—No.
—¿Ni una frase sobre nuevas etapas?
—La frase importante es que mañana no tengo que estar aquí a las siete.
—Eso sí es inspirador.
—No te burles.
—No lo hago.
Se abrazaron en el patio. No habían llegado a un acuerdo para siempre. Habían hecho sitio a un trabajo más y habían decidido volver a hablar si la realidad cambiaba. La frase que faltaba no era “me quedo”. Era “podemos construir una forma que nos sirva a los dos”.