El azar no acepta reservas Capítulo 71. La noche del festival
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Capítulo 71. La noche del festival

El festival de otoño abrió en octubre, con ciento cuarenta asistentes y un programa que combinaba cocina, música y productores locales.

La entrada y la salida ya no se cruzaban; había dos terminales de pago y una persona responsable de cada zona.

La coordinadora de La Senda tomó las decisiones del evento allí, mientras Inés dirigía el conjunto.

A mitad de la tarde, el viento levantó una estructura de lona en uno de los puestos. No llegó a caer, pero el equipo de seguridad decidió cerrar esa esquina. El productor afectado se quejó: había pagado por el espacio y quería vender.

—Te ofrecemos una ubicación interior y devolvemos la diferencia —dijo Inés—. No puedo mantener el puesto aquí con este viento.

—No hay espacio dentro.

—Hay una mesa en la sala nueva. No es lo mismo, pero está protegida y forma parte del recorrido.

—Mis productos necesitan que la gente los vea.

—Lo sé. Podemos añadir una sesión de degustación en el escenario interior para que presentes el producto.

El productor aceptó. La reubicación retrasó veinte minutos la siguiente actividad, pero no canceló la venta. El público siguió el programa y el equipo mantuvo las salidas despejadas.

Cuando el festival terminó, Salcedo felicitó a Inés. El evento había superado el objetivo de satisfacción y generado ingresos suficientes para cubrir los gastos y dejar un margen. No era una cantidad capaz de saldar la deuda, pero probaba que el formato podía repetirse.

—El próximo año podemos hacerlo el doble de grande —dijo Salcedo.

—Podemos hacerlo un poco más grande si el presupuesto incluye personal y seguridad para el nuevo aforo.

—Siempre pones condiciones.

—Son las condiciones que hacen posible el evento.

Salcedo sonrió.

—Está bien. Un poco más grande.

Nico estaba en la cocina, terminando de limpiar. Inés lo encontró junto al fregadero.

—Ha salido bien —dijo ella.

—¿Y tú estás bien?

—Cansada, orgullosa y con ganas de sentarme.

Él apartó una caja y le ofreció una silla. Inés se sentó mientras Nico terminaba de secar una bandeja. La cocina olía a limón y a aceite caliente.

—¿Te gustaría que esto siguiera creciendo? —preguntó él.

—Sí, si crece con un equipo y un presupuesto. No quiero volver a ser la única persona que sabe dónde están las cosas.

—¿Y La Senda?

—También. Pero no quiero que todo lo que hacemos se convierta en una oportunidad de negocio.

—La cena del vecindario puede quedarse como está.

—Y el taller de arroz.

—El taller de arroz tiene lista de espera.

—Entonces podemos repetirlo una vez más.

—¿Eso es crecer o conservar?

—No sé. A veces las cosas buenas pueden crecer un poco sin dejar de ser ellas.

Nico se sentó enfrente. Por el pasillo llegaron voces del equipo despidiéndose. Inés pensó que había pasado todo el día mirando cifras, y que ahora solo quería recordar aquella cocina tal como era: desordenada, cálida y llena de gente cansada que sabía cuándo marcharse.