Capítulo 70. La llamada que no debía esperar
En agosto, la hermana de Nico llamó desde el hospital. Su bebé tenía fiebre alta y Clara estaba sola. Nico dejó la cocina en manos de su segundo y salió hacia Valencia capital. Inés estaba en una reunión con Salcedo cuando él recibió la llamada. Lo vio levantarse, pálido.
—Vete —dijo ella.
—Tengo que avisar a Blanca.
—Yo lo hago.
Nico dudó solo un instante.
—Gracias.
La reunión continuó sin él. Inés tomó notas y pidió posponer la decisión sobre el menú hasta que Nico pudiera revisar las condiciones.
Después llamó a Blanca y cubrió el servicio de la noche con el segundo de cocina y dos auxiliares.
El bebé quedó en observación, pero no había una complicación grave.
Clara llamó al final de la tarde para decir que estaban esperando resultados.
Nico volvió pasada la medianoche. Inés lo encontró sentado en el escalón de la entrada, todavía con el uniforme de cocina.
—¿Cómo está? —preguntó.
—Mejor. Le han bajado la fiebre. Clara se queda con él esta noche.
—¿Tú estás bien?
—No lo sé. Me he asustado más de lo que esperaba.
Inés se sentó a su lado. No le ofreció una solución ni le dijo que todo iba a salir bien. Le apoyó la cabeza en el hombro.
—No sabía a quién llamar primero —dijo él—. Pensé en la cocina, en el servicio, en Blanca. Luego pensé que a Clara le daba igual el menú.
—A veces las prioridades se ponen en orden cuando algo las desordena.
—¿Se ha cancelado la cena?
—No. La ha terminado tu segundo. La gente comió y nadie preguntó por ti.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte por ir con tu hermana.
—La cocina no debería depender de que yo esté siempre.
—No depende. Hoy lo hemos comprobado.
Nico soltó el aire lentamente. A la mañana siguiente fue al hospital a ver a Clara y al bebé. Inés se quedó en la finca. Cuando volvió, él traía una fotografía del niño dormido y el informe médico: todo estaba bien.
—¿Quieres que vayamos a cenar? —preguntó ella.
—Quiero dormir diez horas.
—Eso es un plan excelente.
—¿Y tú?
—Voy a dormir ocho y fingir que no te envidio.
—Podrías dormir nueve.
—No te acostumbres a dar consejos de descanso.
Nico soltó una risa breve, la primera desde la llamada. La finca siguió funcionando, el equipo cubrió la cocina y él pudo acompañar a su familia. Nadie era indispensable. Eso no disminuía el cariño; solo le quitaba la obligación de demostrarlo agotándose.