El azar no acepta reservas Capítulo 68. Una habitación de hotel
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Capítulo 68. Una habitación de hotel

En junio, Inés pasó tres noches en Madrid por el festival.

El hotel estaba lleno por una feria y solo quedaba una habitación con una cama grande.

Ella y Nico habían acordado viajar juntos ese fin de semana para conocer a la hermana de él, que vivía en la ciudad.

La reserva se había hecho meses antes, cuando aún no sabían que la estancia de Inés se alargaría.

—Puedo buscar otro sitio —dijo Nico en la recepción.

—Ya no hay habitaciones en este precio —contestó Inés—. Y no me importa compartir.

Nico la miró para comprobar que no lo decía por compromiso.

—¿Seguro?

—Sí. Hemos dormido en el mismo sofá después de una boda peor que esta habitación.

El hotel era pequeño, y la cama ocupaba casi todo el espacio. Dejaron las maletas junto a la pared. Durante la primera noche, hablaron de la semana, de la hermana de Nico y del festival. Luego apagaron la luz. Inés se quedó despierta escuchando el tráfico.

—¿No puedes dormir? —preguntó Nico.

—Estoy pensando en el montaje de mañana.

—¿Quieres hablarlo?

—No. Quiero que me distraigas.

—¿Cómo?

—Cuéntame algo que no tenga que ver con trabajo.

Nico le contó la historia de un compañero de cocina que se presentó a un examen de conducir en chanclas y aprobó, y de otro que preparó una tarta de cumpleaños con sal en vez de azúcar. Inés se rio hasta que dejó de escuchar los coches.

Por la mañana, él se levantó antes y salió a comprar café. Al regresar, la encontró despierta, leyendo correos.

—¿No habíamos quedado en que no trabajarías aquí?

—He mirado uno.

—¿Uno o doce?

—Tres.

—Inés.

—El equipo necesita una respuesta.

—¿La necesitan ahora?

Ella comprobó la hora. No. La respuesta podía esperar dos horas.

—No.

Cerró el portátil. Nico dejó los cafés en la mesa pequeña y se sentó junto a ella.

—No quiero vigilarte —dijo él—. Pero cuando todo el tiempo libre acaba convertido en otro turno, me cuesta saber dónde estamos nosotros.

Inés guardó silencio. No era una acusación injusta. Tampoco quería que él se convirtiera en su supervisor.

—No quiero que me pidas que trabaje menos para que estés tranquilo —dijo—. Pero sí puedo organizar mejor los horarios y avisarte cuando esté disponible.

—Eso me serviría.

—Y si necesitas más tiempo juntos, dímelo como una necesidad tuya, no como una crítica a mi trabajo.

—Puedo hacerlo.

—Yo también puedo equivocarme y llenar cada hueco con una tarea.

—Eso ya lo había notado.

—No te aproveches.

—No lo haré.

Desayunaron junto a la ventana. El café era malo y los cruasanes estaban demasiado calientes. Nico le tomó la mano y la dejó allí sobre la mesa mientras leía el menú del día. No encontraron una solución general. Acordaron bloquear dos noches al mes y revisarlo después del verano.

Era un acuerdo pequeño y concreto. A Inés le pareció más romántico que una promesa imposible.