Capítulo 66. El billete de vuelta
La primavera acabó con dos trenes cancelados y una llamada del festival a las seis de la mañana.
Inés llevaba tres días en Madrid cuando el equipo de producción enfermó a la vez.
El recinto necesitaba una decisión sobre el montaje de una exposición, y el nuevo responsable no tenía autoridad para mover las estructuras.
Inés consiguió un billete para esa misma noche y avisó a Nico.
—¿Vas a volver hoy? —preguntó él.
—Sí. El sábado es la cena de La Senda.
—No tienes que volver por eso. Mara puede dirigirla.
—Lo sé. Pero quiero estar.
—¿Te da tiempo a llegar?
—Si no hay otro retraso.
El tren salió cuarenta minutos tarde y llegó a Valencia pasada la medianoche. Nico estaba en el andén. Inés lo abrazó con la maleta entre ambos.
—No hacía falta que vinieras.
—Quería.
—Podías haber dormido.
—Podía.
No discutieron quién había hecho el mayor sacrificio.
Nico cargó la maleta y caminaron al coche.
En el trayecto, Inés le contó que la exposición se había reorganizado y que el responsable nuevo había aprendido a resolver una crisis sin esperar a que ella apareciera.
Había vuelto porque lo eligió, no porque todo dependiera de ella.
El sábado, la cena se llenó. Inés se quedó en la entrada, pero no dirigió el servicio. Mara coordinó a los camareros; Nico se encargó de la cocina; Blanca atendió a los invitados. Inés se ocupó de una pareja que necesitaba cambiar de mesa y luego se sentó diez minutos con una copa de agua.
—¿Cómo se siente? —preguntó Mara al pasar.
—Raro.
—¿Mal?
—No. Solo raro.
—Entonces te estás acostumbrando.
La noche terminó a la hora prevista. Inés no abrió el portátil al llegar a casa. Se quedó dormida en el sofá con los zapatos puestos. Nico la despertó para que se fuera a la cama y ella le pidió cinco minutos más. Él se sentó en el suelo junto al sofá hasta que se levantó.
—Me gusta que vuelvas —dijo él.
—Me gusta volver.
—También me gusta que te vayas a hacer tu trabajo.
—A veces me parece que deberíamos tener una conversación más profunda sobre eso.
—Podemos. Pero no esta noche.
—¿Por qué?
—Porque estás dormida sentada.
—No estoy dormida.
—Acabas de cerrar los ojos.
—Estoy pensando.
—Claro.
Inés se levantó y apoyó la cabeza en su hombro. La conversación profunda quedó para otro día. No se perdió por aplazarla; se hizo más fácil porque ninguno necesitaba resolverlo todo antes de acostarse.