El azar no acepta reservas Capítulo 65. La mesa de todos los días
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Capítulo 65. La mesa de todos los días

En abril, el salón nuevo acogió una cena abierta al vecindario.

La idea era de Nico: un menú de cuatro platos, una sola mesa larga y un precio que cubriera ingredientes, horas y limpieza.

La primera edición se agotó con veintiocho reservas.

La segunda tuvo doce y casi se canceló. La tercera volvió a llenarse.

—No podemos confundir una buena noche con un modelo de negocio —dijo Inés al revisar las cuentas.

—No lo hago —respondió Nico—. Me gusta cocinar para gente que viene a cenar, no a evaluar si la boda ha salido perfecta.

—Podemos mantener una al mes durante tres meses y revisar.

—¿Y si la de mayo se llena?

—No ampliamos el aforo. Repetimos el formato.

—Tú tienes una respuesta para todo.

—Para casi nada. Solo tengo una hoja de cálculo.

Mara ayudó a recibir a los invitados. Blanca se sentó al final de la mesa, junto a una pareja que había celebrado su aniversario en la finca el año anterior.

La conversación pasó de recetas a huertos, de huertos a viajes, de viajes a bodas.

Nadie pidió música de fondo. Al final de la cena, el padre de una de las asistentes contó que había conocido a su mujer en una estación porque ambos intentaron subir al mismo autobús con una tarta.

—¿Y se casaron? —preguntó alguien.

—No. Se hicieron amigos. Luego tardamos tres años en entender que éramos algo más.

—Una estrategia lenta —dijo Nico desde la cocina.

—Las buenas cosas no llevan cronómetro —respondió el hombre.

Inés miró a Nico. Él estaba recogiendo platos, con una mancha de salsa en el puño y el pelo cayéndole sobre la frente. No era una imagen de portada. Era una escena cotidiana, y quizá por eso le pareció más difícil de olvidar.

Después de la cena, caminaron hasta el patio. La noche estaba fresca. Nico se quitó el delantal y lo dejó sobre una silla.

—¿Te acuerdas de la primera boda? —preguntó él.

—El perro llevaba la alianza.

—Y tú querías cambiar el cronograma para que todo encajara.

—Y tú dijiste que la cocina no era una fábrica.

—Lo sigo pensando.

—Y yo sigo queriendo un cronograma.

—Lo sé.

—Hemos mejorado.

—O nos hemos acostumbrado a discutir.

—Eso también cuenta.

Él le ofreció la mano. No había música ni invitados mirando ni un gesto preparado. Inés la tomó y lo besó junto a la puerta del salón, donde aún quedaban vasos esperando a que alguien los llevara a la cocina.

—Mañana los lavamos —dijo ella.

—Mañana.

—No lo apuntes.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Se fueron a casa sin apagar todas las luces.

La finca quedaba detrás de ellos con sus ventanas encendidas, sus paredes antiguas y una mesa larga que al día siguiente volvería a ser una sala vacía.

No habían resuelto el futuro entero. Habían construido un lugar donde cabía una cena más, un trabajo nuevo, una conversación difícil y una tecla que todavía sonaba distinta.

Y por ahora, eso bastaba.