Capítulo 64. La reunión de cierre
El informe del segundo año de actividades llegó al cierre del ejercicio.
La finca había cumplido el mínimo de eventos de Salcedo, aunque dos reservas se habían trasladado por lluvia.
Los talleres de cocina aportaban ingresos modestos y una pequeña comunidad de clientes recurrentes.
Las bodas seguían siendo la fuente principal, pero ya no la única.
Blanca convocó una reunión para revisar el futuro.
Sobre la mesa había una nueva propuesta del promotor por el lindero del naranjal.
El precio era superior al anterior. El estudio de impacto advertía que las viviendas no afectarían directamente al jardín, pero recomendaba limitar el horario de los trabajos y acordar un acceso separado para la obra.
—La oferta permitiría pagar la deuda bancaria casi por completo —dijo Blanca—. También nos dejaría una reserva para mantenimiento.
—¿Quieres vender? —preguntó Nico.
—No lo sé. Quiero dejar de pensar que vender significa traicionar a mi madre.
—No creo que ella quisiera que te arruinaras para conservar un terreno —dijo él.
—Tampoco creo que quisiera que lo vendiera por miedo.
—Entonces decide por los números y por lo que quieres que sea la finca —dijo Inés—. No por adivinar lo que habría querido otra persona.
Blanca le pidió al gestor que explicara las opciones.
Vender toda la franja reducía la deuda y simplificaba el mantenimiento.
Conservarla implicaba seguir pagando intereses, pero mantenía el acceso rural y el espacio de cultivo.
También podían vender una parte menor, aunque el promotor no estaba interesado en esa parcela.
La discusión duró una hora. Al final, Blanca rechazó la oferta completa y propuso vender una servidumbre de acceso limitada, si el promotor aceptaba negociar. No garantizaba que lo aceptaran, pero preservaba el naranjal y podía generar una cantidad suficiente para reducir la deuda.
—¿Y si dicen que no? —preguntó Mara.
—Volveremos a revisar las cuentas —dijo Blanca—. No tengo que decidir hoy con la primera cifra que me ponen delante.
Inés vio en ella la misma cautela que había intentado aprender. No era una victoria; era una decisión tomada con más de una opción sobre la mesa.
Al terminar la reunión, Nico la acompañó al jardín. La primavera llenaba las ramas de brotes nuevos. El ala norte estaba abierta y la sala podía usarse sin calefactores prestados.
—¿Te ves aquí dentro de cinco años? —preguntó él.
—No lo sé.
Nico asintió, sin esconder su decepción ni convertirla en presión.
—Me veo aquí el próximo año —añadió Inés—. Y quiero que podamos hablar del siguiente sin que parezca que uno de los dos está pidiendo una garantía.
—Eso sí puedo hacerlo.
—No quiero prometer algo que no sé.
—Prefiero que no lo hagas.
Se quedaron junto al naranjal. No había una respuesta para cinco años.
Había trabajo, un contrato, viajes, una relación que podía cambiar y una finca que seguía negociando sus cuentas.
La vida no se había convertido en un final.
Pero ya no parecía una prueba que Inés tenía que superar para merecer quedarse.