El azar no acepta reservas Capítulo 62. Una habitación para quedarse
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Capítulo 62. Una habitación para quedarse

La contraoferta de Blanca no prosperó tal como la habían planteado.

Salcedo aceptó dos años y redujo la exclusividad a las fechas que aportara su grupo, pero pidió un mínimo de ocho eventos al año.

El porcentaje sobre los talleres se eliminó.

La salida sin penalización se activaría si el grupo no cumplía ese mínimo o si la finca no superaba una revisión técnica.

—Es menos de lo que querían y más de lo que nos gustaría —dijo Blanca.

—Pero no nos obliga a entregar todo el calendario —dijo Inés—. Y la inversión cubre la reparación interior.

—¿Tú firmarías? —preguntó Blanca.

—Firmaría si el gestor confirma que el escenario prudente paga la cuota incluso con dos eventos menos.

El gestor confirmó que sí, siempre que se reservara un fondo para mantenimiento. Blanca firmó al día siguiente. No hubo champán. Hubo café y una factura que por fin tenía un plan de pago.

Con la inversión aprobada, la obra interior empezó en febrero.

La sala se dividió con paneles móviles, se instalaron enchufes suficientes y se arregló la calefacción.

Inés eligió una estantería sencilla para el rincón que había señalado meses atrás.

La pagó la finca, después de presentar el presupuesto a Blanca.

—Te estás tomando en serio eso de pedir autorización —dijo Mara al verla llegar con las cajas.

—Estoy practicando.

—¿Te cuesta?

—Más de lo que debería.

—A mí me costaba decir que no. Cada una tiene su deporte.

Mara había recibido una oferta para coordinar un pequeño espacio de eventos en Valencia capital. Era un trabajo de media jornada, compatible con La Senda, pero suponía dejar de estar allí todos los días.

—¿Quieres aceptarlo? —preguntó Inés.

—Sí. Me interesa aprender cómo trabaja otro sitio. Y no quiero que mi primera promoción se convierta en mi único trabajo posible.

—Tiene sentido.

—¿No vas a pedirme que me quede?

—No. Puedo ofrecerte condiciones para que sigas con nosotros, pero no quiero que te sientas responsable de la finca.

Mara parecía sorprendida. Luego sonrió.

—Entonces voy a aceptar el otro trabajo y seguir aquí dos días a la semana. Si las fechas se pisan, nos organizamos con antelación.

—Hablemos de un nuevo contrato.

—Eso sí es una respuesta de jefa.

—No sé si es un elogio.

—Lo es.

Mara firmó el acuerdo parcial. La finca contrató a una asistente para los días de mayor actividad. El equipo ya no dependía de una sola persona por departamento. El cambio no era espectacular, pero se notaba en la manera en que los martes dejaban de convertirse en sábados de boda.

Al final de febrero, Inés volvió a viajar a Madrid. Esta vez dejó la agenda semanal en manos de Mara y no comprobó el calendario desde la estación. Durante la primera noche, sintió el impulso de llamar. En lugar de hacerlo, escribió un mensaje: “¿Todo en orden?”

Mara respondió con una foto de la sala nueva, sin gente y con la estantería ya montada. “En orden. Y no he movido nada sin preguntar.”

Inés respondió: “No hace falta que preguntes por cada cosa”.

La coordinadora mandó un pulgar arriba.

En la reunión del festival, Sergio le preguntó si quería dirigir una segunda edición.

Inés dijo que sí, con las condiciones ya acordadas.

Al volver a la habitación del hotel, se dio cuenta de que llevaba semanas sin preguntarse si debía marcharse de Valencia.

Se preguntaba cómo quería repartir su tiempo.

No era una respuesta definitiva. Era una pregunta mejor.