Capítulo 60. El saldo pendiente
El éxito del festival no resolvió las cuentas de La Senda.
El cierre del trimestre mostró un margen pequeño y una factura del tejado que debía pagarse en dos plazos.
Las reservas de bodas cubrían el verano, pero el invierno seguía flojo.
El contrato corporativo había aportado continuidad, no milagros.
Blanca reunió al equipo en la sala nueva. Sobre la mesa dejó los números, sin esconder las columnas rojas.
—Podemos pedir una ampliación del préstamo —dijo—. O vender una parcela del naranjal. O reducir los gastos y posponer la siguiente fase de obra.
—¿Qué implica vender la parcela? —preguntó Mara.
—Un promotor ha ofrecido comprar la franja junto al camino. No tocaría el jardín, pero levantaría unas viviendas en el borde.
Nico frunció el ceño.
—¿Cuántas?
—Aún no hay proyecto. Solo una oferta por el suelo.
—Si construyen ahí, el ruido puede afectar a los eventos —dijo Inés—. Y el acceso de proveedores podría complicarse.
—La venta resolvería buena parte de la deuda —dijo Blanca—. No quiero decidir solo por nostalgia.
—Tampoco por cansancio —dijo Inés—. Podemos pedir un estudio de impacto y una valoración independiente antes de responder.
—Eso cuesta dinero —dijo Blanca.
—Menos que vender algo que no podamos recuperar.
—¿Tú puedes prepararlo?
—Puedo coordinar la información. La valoración tiene que hacerla alguien externo.
Blanca aceptó solicitar el estudio. Mientras tanto, el equipo revisó los gastos recurrentes.
Redujeron una suscripción que nadie usaba, renegociaron el seguro y cambiaron el proveedor de mantelería para los eventos pequeños.
No alcanzaba para pagar toda la deuda, pero evitaba tomar una decisión grande con información incompleta.
Una semana después, la coordinadora de la asociación vecinal visitó la finca. Propuso alquilar el salón nuevo para talleres de cocina, reuniones de asociaciones y un pequeño ciclo de música acústica. El aforo era reducido y los ingresos modestos, pero se repartían a lo largo del año.
—No quiero que esto se convierta en un centro cultural a costa de las bodas —dijo Blanca.
—No tiene que hacerlo —respondió Inés—. Podemos limitarlo a dos actividades al mes, en fechas sin eventos privados. Si no funciona en tres meses, lo dejamos.
Nico propuso que el primer taller lo impartiera él, con recetas de temporada. Mara organizó la inscripción. Blanca pidió un presupuesto que incluyera limpieza y horas de personal. El equipo aprobó el piloto.
El taller se llenó en dos días. Asistieron veinticuatro personas, entre ellas Clara, la hermana de Nico, con el bebé en una mochila portabebés. Nico enseñó a preparar arroz al horno. Un niño volcó un tarro de garbanzos; una mujer quemó la primera bandeja; todos terminaron comiendo juntos.
El saldo no cambió aquella noche. Pero la sala dejó de ser una obra pendiente y se convirtió en un lugar que la gente quería usar.
—¿Te gustaría hacerlo otra vez? —preguntó Inés al final.
—Sí. Sin convertirlo en una cadena de restaurantes.
—No está en el plan.
—Por si acaso.
—Lo anoto en la lista de cosas que no hay que hacer.
—¿Tienes una lista de esas?
—Desde hoy.