Capítulo 59. Tres semanas en otra ciudad
La edición del festival de otoño requirió más trabajo del previsto.
Inés se marchó a Madrid con una maleta de ruedas y una agenda llena.
La primera semana estuvo dedicada al montaje; la segunda, a pruebas de seguridad, reuniones con patrocinadores y cambios de última hora; la tercera, a la apertura y a los días de público.
La coordinadora de La Senda le escribió cada tarde un resumen.
Al principio, Inés contestaba con preguntas.
Luego aprendió a distinguir lo urgente de lo que podía esperar.
La finca no se hundía porque una entrega se retrasara una hora.
Las decisiones no quedaban mal tomadas solo porque ella no estuviera presente.
En Madrid, el festival tuvo sus propios incendios, aunque ninguno literal.
Un patrocinador quiso modificar el recorrido dos días antes de abrir.
El equipo de seguridad señaló que la propuesta bloqueaba una salida.
Inés presentó tres alternativas y defendió la más sencilla.
El patrocinador se molestó; el director del festival apoyó la decisión.
—No todo el mundo tiene que salir contento de una reunión —le dijo Sergio después—. A veces basta con que salgan sabiendo por qué no se puede hacer algo.
—Eso también se aprende.
—¿Te gusta dirigirlo?
—Sí. Me gusta que el equipo tenga voz y que el presupuesto no sea una superstición.
—¿Te plantearías quedarte en Madrid?
La pregunta no era una trampa. Sergio la hizo desde el pasillo, con una acreditación colgando del cuello y un café frío en la mano.
—No ahora. Pero tampoco quiero cerrar esa posibilidad para siempre.
—Me parece honesto.
—¿A ti te molestaría?
—No. Me molestaría que me dijeras lo que creo que quiero oír.
Inés agradeció que él no intentara convertir la conversación en una reconciliación. El pasado entre ambos había terminado; podían trabajar juntos sin fingir que nunca habían sido pareja.
La noche de apertura, el festival superó la asistencia prevista y la encuesta de salida registró una valoración alta. Inés se quedó en el recinto hasta que se fueron los últimos técnicos. Luego salió a la calle y llamó a Nico.
—Ha funcionado —dijo.
—¿Tú estás bien?
—Estoy agotada y orgullosa.
—Buena combinación.
—¿Cómo va la cena piloto de mañana?
—Mara la dirige. Yo preparo el menú y no meto mano a su cronograma.
—Eso sí es crecimiento.
—Me ha prohibido cambiarle el orden de los platos.
—Tiene razón.
—Ya lo sé.
Se quedaron hablando hasta que a Inés le dolieron los pies de estar de pie.
Cuando colgó, caminó hasta el hotel sin escuchar mensajes ni revisar el calendario.
Al día siguiente, la cena de Mara salió bien.
Inés vio las fotos al acabar el festival: mesas pequeñas, velas sin exceso, platos servidos a tiempo.
En una imagen, Nico se reía al fondo. Parecía cansado, pero no exhausto.
Al volver a La Senda, Inés encontró el salón nuevo casi terminado. En una pared, Mara había pegado una nota: “Aquí caben más cosas que una boda”.
—¿Te gusta? —preguntó Mara.
—Mucho.
—¿Quieres cambiar algo?
—Sí. Quiero poner una estantería en esa esquina.
—¿La pagas tú?
—La finca.
—Entonces habla con Blanca.
Inés levantó las manos.
—Tienes razón.