Capítulo 58. La persona que firma
Mara asumió el nuevo puesto en enero. La primera semana fue una sucesión de decisiones pequeñas: el alquiler de mantelería, el proveedor de flores, una visita de pareja, el horario del jardinero. Inés se mantuvo al margen, aunque cada llamada perdida le apretaba un poco el estómago.
El jueves, una pareja pidió cambiar la ceremonia de lugar porque el padre de la novia utilizaba silla de ruedas. Mara encontró una ruta accesible por el lateral, movió dos jardineras y coordinó con el equipo de montaje. Inés se enteró cuando la pareja agradeció la solución por correo.
—No me llamaste —dijo a Mara.
—No hacía falta.
—Lo sé. Es una observación, no una queja.
—Sonaba un poco a queja.
—Entonces retiro la observación.
Mara sonrió y volvió a su pantalla.
Esa tarde, sin embargo, un proveedor canceló una entrega y la coordinadora aceptó una alternativa más cara. El gasto superaba el límite acordado por setenta euros. Inés lo vio en el informe y sintió el impulso de corregirlo.
—¿Por qué autorizaste el cambio? —preguntó.
—La opción barata no podía entregar a tiempo. La pareja ya había pagado el arreglo floral y, si esperábamos, no llegaba para la visita. La diferencia son setenta euros.
—¿Lo anotaste como incidencia?
—Sí. Aquí está la factura y la llamada al proveedor.
Inés revisó los datos. El gasto estaba justificado.
—Bien resuelto.
—¿De verdad?
—Sí.
Mara esperó, quizá acostumbrada a que hubiera una segunda corrección.
—No hay un “pero” —añadió Inés—. De verdad lo has resuelto bien.
—Gracias.
Inés volvió a su despacho y cerró la puerta. No para esconderse de Mara, sino para quedarse un minuto a solas con la sensación de haber cedido control sin perder responsabilidad.
Nico la encontró más tarde en el patio.
—¿Qué tal el día?
—Mara ha tomado una decisión mejor que la que habría tomado yo.
—¿Eso te alegra?
—Sí. Me ha costado cinco minutos admitirlo, pero sí.
—Podrías escribirlo en una libreta.
—No empecemos.
Nico le tomó la mano y la llevó hasta la cocina, donde había dejado un trozo de bizcocho. Comieron de pie. A través de la ventana se veía el ala norte, ya reparada por fuera, todavía pendiente de la obra interior. No parecía nueva ni perfecta. Parecía en proceso.
—¿Qué te gustaría hacer con ese espacio? —preguntó Nico.
—Una sala flexible. Talleres, cenas pequeñas, reuniones. Algo que no dependa de una sola clase de cliente.
—¿Y si nadie lo alquila?
—Lo probaremos con eventos piloto y ajustaremos los precios.
—¿Y si funciona demasiado bien?
—Contrataremos a alguien antes de que nos vuelva a pasar lo de las bodas de octubre.
Él levantó su trozo de bizcocho, como si brindara.
—Por los límites.
—Y por los setenta euros bien gastados.