El azar no acepta reservas Capítulo 56. Las cuentas de diciembre
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Capítulo 56. Las cuentas de diciembre

El contrato de Salcedo entró en vigor en noviembre.

La finca recibió el segundo tramo de inversión y contrató a una coordinadora de sala para los eventos corporativos.

La deuda seguía ahí. También los gastos de la obra y el trabajo de preparar el invierno.

Aun así, el calendario ya no dependía de llenar todos los sábados con bodas.

En diciembre, Inés volvió a casa después de una semana en Madrid. La recibió una nota de Mara en la pizarra: “Hay sopa en la nevera. No he tocado tu carpeta azul. La miré, pero no la toqué.”

Inés se rio y dejó el abrigo. En la cocina, Nico calentaba caldo.

—¿Cómo van las cuentas? —preguntó ella.

—Mejor de lo que esperaba, peor de lo que me gustaría.

—Eso es bastante preciso.

—El último evento pagó los gastos y dejó un margen pequeño. Si mantenemos la ocupación de enero y febrero, podremos cubrir la primera parte de la obra interior.

—¿Y si no?

—Aplazamos la sala. No tocamos el jardín.

—¿Te parece aceptable?

—Me parece lo que hay.

Se sentaron en la mesa con el caldo. La vida no se había convertido en una línea ascendente.

Había una tubería que goteaba, dos facturas pendientes y una discusión con el banco por los plazos.

Aun así, ya no hablaban de la finca como de un paciente que solo podía sobrevivir si todos estaban despiertos a la vez.

—El director del festival quiere que continúe —dijo Inés—. El próximo año sería una edición más grande.

—¿Qué quieres tú?

—Quiero aceptar si el presupuesto incluye a una coordinadora y si no tengo que estar en Madrid todas las semanas.

—Entonces eso es lo que deberías proponer.

—También quiero quedarme en La Senda.

—Puedes hacer ambas cosas.

—¿Y tú puedes vivir con que no esté aquí siempre?

—Puedo. No voy a fingir que no voy a echarte de menos. Pero prefiero echarte de menos algunos días a pedirte que no hagas algo que te importa.

—¿Y si un día me ofrecen algo que implique mudarme?

—Lo hablaremos. No voy a prometerte que me dará igual. Tampoco voy a convertirlo en una deuda.

Inés dejó la cuchara en el cuenco.

—Eso me gusta.

—¿El caldo?

—También.

Él le tomó la mano por encima de la mesa. No había promesa de eternidad, ni anillo, ni una declaración preparada. Había una cocina cálida, dos trabajos que podían coexistir y una finca que por fin tenía cuentas discutibles en lugar de una fecha de cierre.

En la pared, el calendario de enero estaba lleno de reuniones, servicios y dos días marcados en rojo. Inés había reservado uno para leer. Nico había reservado el otro para arreglar la tecla del piano.

—¿Qué hacemos el día libre? —preguntó él.

—No planificar nada.

—¿De verdad?

—Bueno, podemos planificar no planificar.

—Eso ya es un plan.

—Lo sé.

Fuera, empezó a llover. La casa crujió una vez, como si el edificio comprobara sus propias costuras. Después quedó en silencio.