El azar no acepta reservas Capítulo 55. El día que se fue el autobús
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Capítulo 55. El día que se fue el autobús

La primera semana de octubre, Inés viajó a Madrid para una reunión del festival.

Tenía previsto volver el jueves por la tarde, pero una huelga de transporte dejó sin servicio la línea de tren durante varias horas.

La aerolínea ofrecía un vuelo a última hora.

El coche de alquiler costaba más de lo que valía una noche de hotel.

—Quédate —dijo Nico por teléfono—. No te pongas a conducir cansada para demostrar que puedes estar en dos sitios.

—Mañana hay una visita con un cliente.

—Mara puede enseñarle la finca. Blanca puede explicar las obras. Yo puedo responder sobre cocina.

—No es solo eso. El cliente pidió hablar conmigo.

—Entonces lo llamamos y le explicamos el problema. Si sigue interesado, reprogramamos.

—Me cuesta dejar que otra persona lo haga.

—Lo sé.

—¿Y si se pierde la reserva?

—Entonces no era una reserva que dependiera solo de ti.

Inés se quedó sentada en el vestíbulo de Atocha, rodeada de viajeros que miraban sus teléfonos.

Había construido su reputación siendo la persona que llegaba, resolvía y se quedaba hasta que se iba el último.

En La Senda, estaba aprendiendo que la fiabilidad también consistía en tener un equipo capaz de responder cuando ella no estaba.

Llamó al cliente. Le ofreció hablar por videollamada y reprogramar la visita. El hombre aceptó la reunión virtual para la mañana siguiente. Después llamó a Mara, que se comprometió a recorrer la finca con él en cuanto ella regresara.

—¿Te da rabia? —preguntó Nico por la noche.

—Me da rabia no controlar el tren.

—Eso no lo controlas.

—Ya lo sé.

—¿Y el resto?

—Lo hemos resuelto.

—Mara dice que la visita ha ido bien.

—Mara no ha hecho todavía la visita.

—La ha hecho esta tarde. Me escribió que el cliente quiere presupuesto para una celebración de empresa.

Inés cerró los ojos.

—¿Y nadie me lo había dicho?

—Mara iba a llamarte, pero estabas en reunión.

—Eso es bueno.

—Sí.

—Es muy bueno.

—Y también puedes estar cansada.

Inés se apoyó en la pared del hotel. Había compartido una responsabilidad sin perder el control. La diferencia era sencilla en teoría y difícil de asimilar.

Al día siguiente, la videollamada con el cliente salió mejor de lo esperado. No preguntó por la ausencia de Inés. Quiso saber si la finca podía preparar una jornada para cincuenta personas en noviembre. Ella respondió que sí, con una visita previa y un presupuesto ajustado a la capacidad real.

El tren de vuelta circuló con retraso. Nico la esperaba en la estación, pero no llevó flores ni una cena. Llevó el coche y una botella de agua.

—¿Qué tal Madrid? —preguntó.

—Productivo. ¿Y tú?

—Cociné, cambié una bombilla y no incendié nada.

—Un día histórico.

—Mara llevó la visita. Blanca hizo una llamada al banco. La finca sobrevivió sin ti durante treinta horas.

—Qué alivio.

—¿Lo es?

—Sí. Y también me alegro de volver.

En el coche, Inés apoyó la mano sobre la de él. No se prometieron que nunca volverían a estar lejos. Se prometieron avisarse cuando el viaje pesara más de lo previsto.