El azar no acepta reservas Capítulo 54. La fiesta de la cosecha
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Capítulo 54. La fiesta de la cosecha

En septiembre, la reparación estructural terminó.

El ala norte seguía cerrada por dentro, pero ya era segura.

El jardín recuperó su amplitud y Blanca autorizó una jornada de puertas abiertas para presentar la finca reformada a clientes, proveedores y vecinos.

La llamaron Fiesta de la Cosecha, aunque aquel año las naranjas aún estaban verdes.

Mara se encargó de los recorridos. Había dejado de preguntar a Inés si cada decisión estaba bien.

Ahora proponía, resolvía y solo acudía a ella cuando de verdad necesitaba una segunda opinión.

Nico diseñó un menú sencillo con producto local.

Blanca llamó a antiguos clientes y a dos asociaciones del pueblo.

Inés coordinó el evento y supervisó el presupuesto, pero se obligó a no intervenir en cada detalle.

A las cinco, el proveedor de sonido informó que su furgoneta se había quedado averiada en la carretera. Mara escuchó la noticia y miró a Inés.

—Puedo llamar a la empresa del pueblo. Tienen dos altavoces portátiles. Si no llegan a tiempo, hacemos el brindis en el patio sin amplificación.

—¿Quieres que lo revise contigo?

—No. Ya tengo las medidas del patio y puedo probarlos ahora.

—Adelante.

Mara salió corriendo, no en pánico sino con propósito. Inés se quedó donde estaba. Se le hizo extraño no perseguirla con una lista de comprobación.

Nico se acercó con una bandeja de buñuelos.

—¿Estás bien?

—Mara acaba de resolver una cosa sin mí.

—Qué tragedia.

—Estoy orgullosa y un poco desempleada.

—Puedes probar un buñuelo.

—Eso no es una tarea.

—Es una responsabilidad importante.

El evento llenó el patio sin abarrotarlo.

Los vecinos preguntaron por las obras; dos parejas reservaron una visita para celebrar sus aniversarios y una empresa pidió presupuesto para una jornada de equipo.

La asociación local propuso organizar un taller de cocina en invierno.

No eran grandes contratos, pero cada interés representaba una posibilidad concreta.

Salcedo llegó al final de la tarde. Escuchó a los clientes, revisó el espacio y, antes de marcharse, pidió hablar con Blanca.

—Los datos de la prueba están por encima del mínimo acordado —dijo—. Estoy dispuesto a activar la segunda fase del contrato.

—Con las condiciones de capacidad que fijamos —dijo Blanca.

—Sí. Y con la revisión de costes cada trimestre.

—Eso ya estaba previsto.

—Quería decirlo personalmente.

No hubo aplausos ni brindis. Blanca le estrechó la mano y le pidió que enviara la versión definitiva. Cuando Salcedo se marchó, ella respiró profundamente.

—No estamos a salvo —dijo.

—No —contestó Inés—. Pero tenemos una manera de seguir.

Blanca le apretó el hombro.

—Eso, a veces, es lo que significa estar a salvo.

Al caer la noche, Nico tocó una canción en el piano del salón. La tecla hundida seguía sin repararse, así que hubo un silencio pequeño en mitad de la melodía. La gente continuó conversando. Nadie lo notó, salvo Inés.

Cuando terminó, ella se acercó.

—No sonaba como la canción de tu madre.

—No.

—Sonaba como tú.

—Eso espero.

Se besaron en el patio, delante de los farolillos y de una mesa con restos de coca. Mara los vio y levantó las cejas.

—Si vais a besaros, hacedlo después de que retiremos las bandejas.

—No se puede tener intimidad en esta finca —dijo Nico.

—La hay —respondió Inés—. Solo hay que reservarla.