Capítulo 53. Un verano con condiciones
El banco aprobó la financiación parcial, y Salcedo aceptó adelantar una parte de la inversión a cambio de revisar el contrato tras los primeros tres eventos.
La obra comenzó en julio, bajo un calor que volvía pegajosa hasta la cinta de carrocero.
Durante dos semanas, el ruido de los martillos acompañó los desayunos y las pruebas de menú.
El primer evento se trasladó a una sala alternativa. El segundo se redujo de cien asistentes a setenta y dos por seguridad. El tercero se celebraría en septiembre, una vez entregada la estructura.
No todos los clientes aceptaron los cambios. Una empresa canceló y pidió la devolución de la señal. Inés revisó el contrato: el cambio de sala permitía cancelar si el espacio no cumplía determinadas condiciones. La finca devolvió el anticipo completo.
—Nos quedamos sin ese ingreso —dijo Blanca.
—Sí —respondió Inés—. Y evitamos una reclamación mayor si el cliente considera que el salón no es equivalente.
—O podríamos haberlos convencido.
—Lo intentamos. No quisieron hacer la visita.
—Lo sé.
La conversación terminó ahí. Blanca estaba aprendiendo que un buen límite también podía costar dinero. Inés lo entendía. No por eso dejaba de ser el límite correcto.
A mediados de julio, el festival de Madrid presentó una nueva oferta.
Querían que Inés dirigiera también la edición del año siguiente, con un equipo propio y presupuesto aprobado.
El puesto requería estar en Madrid seis días al mes durante cuatro meses y una semana completa en septiembre. No exigía mudarse.
Inés leyó las condiciones en el despacho. Esta vez no sintió que la oferta fuera una puerta que debía atravesar antes de que alguien la cerrara.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Mara.
—Negociar dos cosas: contratar a una coordinadora local y cobrar por el diseño del programa por separado.
—Y luego decidir si lo aceptas.
—Sí.
—¿Te da miedo que no puedas con los dos trabajos?
—Me da miedo aceptar más de lo que puedo hacer bien.
—Eso es distinto.
—Y también me preocupa lo que pase aquí si me voy seis días al mes.
—Aquí ya no estás sola. Has contratado a dos personas, he terminado mi formación y Blanca sabe usar el calendario compartido.
—Blanca lo usa para anotar cumpleaños, no reservas.
—Es un comienzo.
La directora del festival aceptó contratar a una coordinadora local y separar los honorarios. Inés firmó por un año, con una revisión a los seis meses. La decisión le dio alegría y vértigo en partes iguales.
—Quiero celebrarlo —le dijo a Nico—. Pero no quiero que lo conviertas en una despedida.
—No se me había ocurrido.
—Bien.
—¿Qué te gustaría hacer?
—Ir al mar. Sin horarios.
A la mañana siguiente fueron a la playa con una bolsa de fruta y dos bocadillos. El agua estaba fría. Nico entró hasta las rodillas y retrocedió con un grito involuntario.
—El chef valiente —dijo Inés.
—El chef sensato.
—Te da miedo el agua.
—Me da respeto el agua helada.
—Suena mejor cuando lo dices tú.
Se sentaron en la arena y compartieron una nectarina.
Hablaron de los viajes de Inés, del turno de Nico y de la forma en que querían organizar los próximos meses.
Acordaron llamar los domingos cuando ella estuviera fuera, no como una obligación sino como una cita.
Si alguno no podía, avisaría sin convertirlo en una prueba de amor.
—¿Y si nos echamos de menos? —preguntó él.
—Nos lo decimos.
—¿Y si nos enfadamos por teléfono?
—Colgamos y hablamos en persona cuando podamos.
—¿Y si una de tus reuniones se alarga?
—Te aviso.
—Esto parece una negociación.
—Es un acuerdo. Las negociaciones son más largas.
Nico le besó la frente.
—Me gusta que tengas una vida que no cabe en esta finca.
—A mí me gusta que tú no me pidas que la encoja.