El azar no acepta reservas Capítulo 52. La grieta
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Capítulo 52. La grieta

El informe del técnico llegó una semana después.

Las vigas del ala norte estaban peor de lo que habían previsto.

El tejado podía aguantar unos meses, pero la reparación costaría casi el doble.

La inversión de Salcedo cubría una parte; el resto dependía del préstamo que Blanca aún no había conseguido.

—Podemos aplazar la obra y cerrar el ala —dijo Inés en la reunión—. Seguiríamos con las bodas de verano y trasladaríamos los eventos de empresa al salón principal.

—Eso reduce la capacidad —dijo Salcedo por videollamada—. El contrato se basa en el espacio disponible.

—El espacio disponible sigue siendo suficiente para las fechas acordadas.

—Pero no para crecer.

—No hemos firmado un compromiso de crecimiento ilimitado.

—Necesitamos demostrar que existe un plan.

Blanca cerró la carpeta.

—Existe un plan. Lo que no existe es dinero para hacerlo todo ahora.

—La financiación adicional dependerá de que podamos ampliar la actividad —dijo Salcedo.

—Y ampliar la actividad depende de que el edificio sea seguro —dijo Nico.

La reunión acabó sin acuerdo. Salcedo enviaría una propuesta alternativa, pero el banco necesitaba una decisión antes de fin de mes. Blanca se quedó mirando la ventana. En el patio, un operario había colocado una cinta roja para impedir el paso al ala cerrada.

—Si no acepto el préstamo, tendré que vender parte de la finca —dijo ella.

—¿Eso significa vender el terreno? —preguntó Mara.

—El lindero del naranjal. No la casa ni el jardín principal. Pero es una parte que mi madre no quería separar.

Nico se sentó a su lado.

—La finca es tuya. No tienes que conservar cada metro para honrarla.

—Lo sé. Pero no quiero que la urgencia decida por mí.

Inés pidió el estado de las reservas, los pagos pendientes y los costes de obra.

Durante tres días, trabajó con el gestor para construir una previsión realista.

La venta de una parte del terreno cubriría la reparación, pero dejaría a la finca sin espacio para futuras actividades al aire libre.

El préstamo era más caro y exigía una garantía personal de Blanca.

La inversión de Salcedo podía cubrir el resto, aunque con condiciones estrictas.

No había una opción limpia.

—Podemos financiar la reparación por fases —dijo Inés en la reunión final—.

Primero la estructura y el tejado; después el aislamiento y la sala.

Para la primera fase, combinamos una línea de crédito pequeña con la inversión comprometida.

El banco no tiene que garantizar todo el proyecto si reducimos el alcance inicial.

—¿Y el resto? —preguntó el gestor.

—Se paga con ingresos de las fechas ya confirmadas, siempre que reservemos una parte de cada anticipo para la obra. También podemos vender paquetes de celebraciones pequeñas en temporada baja, pero no los contabilicemos como dinero hasta tener contratos firmados.

Blanca la miró con atención.

—¿Tú dirigirías esa planificación?

—Puedo hacerlo como parte del trabajo. Pero quiero que mi contrato especifique horas, responsabilidades y honorarios. No quiero descubrir dentro de seis meses que “ayudar” significaba hacer de directora financiera, coordinadora y responsable de eventos por el mismo sueldo.

—Me parece justo —dijo Blanca.

Nico no dijo nada. Cuando la reunión acabó, la acompañó hasta el patio.

—Me ha gustado cómo lo has planteado.

—¿La parte de cobrar por el trabajo?

—También.

—No quiero que pienses que voy a cargar con esto porque te quiero.

—No lo pienso. Quiero que sigas aquí porque lo has elegido y porque te pagan por lo que haces.

—Y porque me gustas.

—Eso espero.

—No lo conviertas en una cláusula contractual.

—Podría intentarlo.

Inés le dio un golpe suave con la carpeta en el pecho. La grieta del ala norte seguía abierta; el futuro, también. Pero esa vez no había pedido a nadie que la confundiera con una salvadora.