Capítulo 51. La boda que no cabía
La boda de Elena y Rubén se celebraba en junio. Ciento veinte invitados, una ceremonia en el jardín y un banquete bajo la carpa. A tres días del evento, la madre de la novia llamó para añadir dieciséis personas.
—No caben —dijo Inés al teléfono.
—Son familiares directos.
—Lo entiendo, pero la licencia del montaje y el plano de evacuación están calculados para ciento veinte.
—Podemos poner una mesa más.
—No sin rehacer el plano, alquilar mobiliario y comprobar el espacio.
—¿Y si ponemos sillas en el pasillo?
—No podemos bloquear el pasillo.
—La novia está muy nerviosa.
—Lo sé. Por eso voy a hablar con ella directamente.
Elena llegó a la finca esa tarde con los ojos hinchados. Rubén la esperaba en el patio, con dos cafés.
—Mi madre dice que si no vienen mis tíos, habrá un drama durante años —dijo ella.
—Y si vienen y no hay sitio, tendremos un drama el día de la boda —respondió Inés—. Podemos invitar a los dieciséis a la ceremonia y a la copa, y ofrecer una comida familiar la semana siguiente. O podemos reducir otras mesas para incluirlos, pero eso implicaría elegir a quién dejar fuera.
—No quiero elegir a nadie.
—Entonces no los añadas a la cena.
Elena miró a Rubén. Él no intervino hasta que ella le apretó la mano.
—Yo puedo hablar con tu madre —dijo—. No tienes que hacerlo sola.
La solución pareció sencilla cuando la decidieron, pero no lo fue al ejecutarla.
La madre de Elena lloró, llamó a una tía y pidió una reunión.
Inés se quedó en la finca más tarde de lo previsto mientras Blanca preparaba té.
Nico, que había terminado el servicio, le dejó un plato de tortilla en el despacho.
—Come.
—En un momento.
—No es una sugerencia.
—¿Ahora das órdenes?
—Solo cuando llevas seis horas negociando una mesa que no existe.
—Es una mesa importante.
—No hay mesas importantes si la persona que las organiza se desmaya.
Inés tomó un bocado. La tortilla estaba caliente y sabía a patata, cebolla y una cantidad razonable de sal. Nico se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Crees que lo resolverán? —preguntó ella.
—Elena y Rubén sí. No sé qué hará su madre.
—A veces las familias creen que una boda es una votación sobre cuánto las quieren.
—Y a veces alguien tiene que recordarles que el cariño no se mide por una silla.
El día de la boda, los dieciséis familiares asistieron a la ceremonia y a la copa.
La madre de Elena se sentó junto a sus hermanas en una mesa próxima a la salida, con una expresión digna que se fue suavizando al ver bailar a la novia con Rubén.
La comida empezó a la hora prevista. La carpa no se llenó más de lo permitido.
Nadie tuvo que mover sillas durante el servicio.
Al final, Elena abrazó a Inés.
—Gracias por no decirme que todo saldría perfecto.
—No podía prometerlo.
—Me ayudaste a decidir qué era suficiente.
Inés volvió a casa pasada la medianoche. Nico la esperaba en el porche con una manta sobre las piernas.
—¿Cómo ha ido?
—La madre de la novia bailó con sus hermanas.
—Entonces fue una boda.
—Sí. Una boda de verdad, no una foto perfecta.
Él le hizo sitio en el banco. Inés se acurrucó bajo la manta y dejó que el silencio de la finca ocupara el lugar de cualquier resumen.