Capítulo 50. La semana de Madrid
En mayo, Inés viajó a Madrid para arrancar el proyecto del festival.
Se quedó cuatro noches en un apartamento pequeño cerca de Atocha.
El primer día visitó el recinto, habló con el equipo y detectó que el presupuesto de montaje no incluía las tasas de conexión eléctrica.
El segundo, renegoció con dos proveedores.
El tercero, presentó una versión revisada del calendario y consiguió que el director aprobara una jornada de prueba.
Era un trabajo estimulante. Le gustaba que su experiencia tuviera espacio y que las decisiones se tomaran con datos. También echaba de menos el patio de La Senda, el olor de la cocina al abrirse la puerta y la manera en que Mara dejaba notas en la pizarra con dibujos de naranjas.
Nico la llamó cada noche. No para pedirle que volviera, sino para contarle lo que pasaba: el técnico del tejado había encontrado vigas más dañadas de lo previsto; Blanca había discutido con el banco; Mara había cerrado su primer encargo como responsable de eventos.
En la tercera llamada, hablaron diez minutos de una serie que ambos veían y luego se quedaron en silencio.
—¿Estás cansado? —preguntó Inés.
—Sí.
—¿Quieres que colguemos?
—No. Solo quería escucharte mientras termino de limpiar la cocina.
Inés oyó el agua correr y el ruido de platos. Se levantó del sofá y abrió la ventana. En la calle, alguien arrastraba una maleta sobre las losas.
—Me gusta estar aquí —dijo ella—. Y también quiero volver.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
—¿Te preocupa que acabe aceptando algo en Madrid?
—Me preocupa que aceptes algo por mí o que lo rechaces por mí. El resto me da menos miedo.
—¿Y si me ofrecen quedarme?
—Lo hablaríamos. No quiero prometer que me daría igual. No me da igual. Pero prefiero una conversación incómoda a que decidas sin contarme.
—Eso suena razonable.
—Lo he aprendido de una persona que hace listas.
—Mis listas no son terapia.
—Podrían facturarse como consultoría.
Inés sonrió. Se sentó en el suelo, junto a la maleta abierta, con una camisa sin doblar en la mano.
—Cuando vuelva, quiero que tengamos una noche para nosotros. Sin revisar el contrato, ni la cocina, ni el calendario.
—¿Eso significa una cita?
—Significa que no pienso organizarla.
—Entonces tendré que hacerlo yo.
—Esa es la idea.
El último día de trabajo, el director del festival le propuso dirigir también la edición del año siguiente.
Inés no respondió en el acto. Le pidió una semana para pensarlo y solicitó que la oferta incluyera presupuesto, equipo y disponibilidad real.
No quería un título bonito para una carga que nadie más asumiera.
Volvió a Valencia el viernes por la tarde. Nico la esperaba en la estación con un ramo pequeño de flores silvestres, envuelto en papel de periódico.
—No tenía claro qué se compra para una vuelta —dijo.
—Esto está bien.
—¿Te han ofrecido algo?
—Sí. Dirigir la siguiente edición.
—¿Quieres hacerlo?
—Puede que sí. Quiero leer las condiciones.
—Me parece bien.
Inés le dio un beso breve, entre el andén y la máquina expendedora. Luego caminaron hasta el coche. El ramo tenía una flor rota y dos hojas sueltas. Ella lo sostuvo con cuidado, como si el papel pudiera deshacerse.