Capítulo 49. El precio de una fecha
La segunda reunión con Salcedo se celebró en la ciudad, en una sala de cristal donde nadie sabía qué hacer con las manos.
El nuevo contrato ofrecía una cantidad suficiente para arreglar el tejado, renovar parte del equipo de cocina y contratar a una persona fija para eventos corporativos.
A cambio, la finca debía reservar diez fechas en doce meses, con penalizaciones si cancelaba sin una causa definida.
—La cláusula de cancelación sigue siendo demasiado amplia —dijo Inés—. “Circunstancias que afecten a la experiencia del cliente” puede significar cualquier cosa.
El abogado de Salcedo juntó las manos.
—Es una fórmula estándar.
—No para una finca con un edificio antiguo, un jardín y un clima que no firma contratos.
—Podemos enumerar las causas objetivas —dijo Salcedo—. Fallo eléctrico, inundación, orden administrativa, indisponibilidad acreditada del espacio.
—Y añadir un plazo para proponer fecha alternativa —dijo Blanca—. No una penalización automática.
—Eso es razonable —aceptó Salcedo—. Pero necesito saber que el negocio tiene continuidad.
—La continuidad no se demuestra comprometiendo cada fin de semana —dijo Nico—. Se demuestra con eventos que podamos atender bien.
Salcedo lo miró. Hasta entonces, Nico había dejado las negociaciones a Inés y Blanca.
—¿Cuántos eventos al mes puedes servir sin ampliar el equipo?
—Dos grandes o cuatro pequeños. No a la vez. Y no si coinciden con bodas.
—Contratamos a alguien más.
—Después de que la inversión esté aprobada, no antes.
—Si no ampliamos, no crecemos.
—Si crecemos antes de poder atenderlo, perdemos a quienes ya nos pagan —dijo Nico.
La frase no sonó como un desafío. Sonó como una experiencia cara.
Inés propuso fijar una fase de prueba de tres meses, con cuatro fechas y un informe de costes. Si las cuentas cumplían, se activarían las restantes. El abogado revisó sus notas. Salcedo pidió unos minutos a solas con su equipo.
Mientras esperaban fuera, Blanca se acercó a Inés.
—¿Crees que aceptará?
—No lo sé.
—Antes habrías dicho que sí.
—Antes confundía seguridad con hablar deprisa.
—Has aprendido algo.
—No sé si lo suficiente.
—Nadie aprende lo suficiente antes de necesitarlo.
Salcedo volvió acompañado por sus asesores.
—Aceptamos la fase de prueba, con una revisión a los noventa días. La inversión inicial se dividirá en dos pagos: uno al firmar y otro cuando se entregue el primer informe.
—El segundo pago debe depender de los datos acordados, no de una impresión general —dijo Inés.
—De acuerdo.
Firmaron un documento de intenciones, pendiente de la revisión legal. No era todavía el contrato final, pero al salir de la sala Blanca abrazó a Nico. Él se dejó abrazar sin hacer una broma.
—Parece que habrá tejado —dijo.
—Parece —contestó Blanca—. No empieces a elegir baldosas.
En el tren de regreso, Inés recibió un correo de Sergio. La dirección del festival aceptaba su propuesta como consultora externa, con una primera reunión en Madrid y fechas de trabajo concentradas. La remuneración era buena. El proyecto empezaría en mayo y duraría seis meses.
Nico vio el asunto en la pantalla.
—¿Es la respuesta?
—Sí.
—¿Y qué vas a hacer?
—Aceptar.
Él asintió. No preguntó qué significaba para ellos.
—¿Te alegras? —dijo Inés.
—Me alegro por ti. Y estoy pensando en cómo organizamos los viajes, los horarios y las semanas en que no nos vemos.
—¿No te parece complicado?
—Lo es. Pero complicado no significa imposible.
—Podríamos hablarlo cuando tenga el calendario definitivo.
—Podemos hacerlo ahora si quieres.
Inés guardó el teléfono.
—Ahora quiero mirar por la ventana y fingir que no he pasado toda la reunión calculando distancias.
—Eso puedo respetarlo.
El tren cruzó un campo iluminado por el sol de la tarde. Inés apoyó la cabeza contra el cristal. El futuro seguía desordenado. Inés dejó de exigirle una respuesta completa antes de dar el siguiente paso.