El azar no acepta reservas Capítulo 48. Ochenta personas
60%

Capítulo 48. Ochenta personas

El cliente, una cooperativa tecnológica de Castellón, llegó un jueves lluvioso. Ochenta personas, dos salas, una presentación y una cena temprana. La previsión decía que el agua empezaría a las cuatro. A las tres y veinte, el cielo decidió adelantarse.

El sonido dejó de funcionar cuando un cable se mojó en la entrada.

El encargado técnico del cliente empezó a hablar de devolución.

Inés lo llevó al salón pequeño, lejos de la lluvia, y pidió a Mara que comprobara el equipo de respaldo.

Nico trasladó el servicio de bienvenida al porche cubierto.

Blanca abrió la biblioteca, que no formaba parte del recorrido inicial.

—No quiero que nadie pase por la zona de obras —dijo ella.

—La señalizamos ahora —respondió Inés—. Y cerramos la puerta del ala norte.

Mara apareció con el técnico.

—El proyector funciona, pero el micrófono inalámbrico no.

—¿Hay alguno con cable?

—Uno. El viejo.

—Tráelo.

El primer ponente subió al pequeño estrado con el micrófono de cable.

El público se apiñó en la sala, más cerca de lo previsto.

El evento no se parecía a la imagen que Salcedo había presentado, pero la gente escuchaba.

Durante la pausa, el equipo de cocina sirvió coca salada, fruta y café. Nadie se quedó esperando en la entrada.

A las seis, la lluvia paró. La empresa pidió prolongar la jornada con una cena. No estaba en el contrato. Inés miró a Nico; él negó con la cabeza, no por rechazo, sino por cansancio. Habían preparado comida para ochenta, pero el equipo ya llevaba nueve horas de trabajo.

—Podemos servir la cena —dijo ella al cliente— si acepta un menú reducido y el servicio termina a las ocho. No podemos prolongarlo más.

El responsable consultó con su equipo. Aceptó.

—Y la hora extra se factura aparte —añadió Inés.

—De acuerdo.

El equipo trabajó dos horas más. No hubo carreras por la cocina ni platos saliendo tarde. Cuando el último grupo se marchó, la sala quedó desordenada, pero no destruida. Nico se sentó en un escalón y se quitó los zapatos de cocina.

—¿Ha salido bien? —preguntó.

—El cliente quiere reservar otra fecha.

—Eso no es lo que he preguntado.

Inés se sentó a su lado.

—Sí. Ha salido bien. Y hemos parado a la hora que dijimos.

—No todos han acabado igual de contentos.

—No necesitamos que todo el mundo crea que somos capaces de hacer cualquier cosa.

—Eso va a costar explicárselo a Salcedo.

—Lo explicaremos con los datos: asistentes, costes, horas, satisfacción. También con el precio de la hora extra.

—¿Y si decide que somos demasiado difíciles?

—Entonces no era un socio adecuado.

Nico apoyó la cabeza contra la pared. Tenía una mancha de salsa en la manga.

—A veces me olvido de que tú no estás aquí para salvarnos.

—No estoy aquí para salvar a nadie. Estoy aquí para hacer un trabajo que me gusta y cobrarlo.

—Y quizá para cenar conmigo de vez en cuando.

—Eso es un extra.

—¿Con coste adicional?

—Depende del menú.

El cliente confirmó la segunda fecha al día siguiente. Salcedo envió los resultados a su equipo y pidió una reunión para cerrar el contrato anual. Blanca no celebró todavía; dijo que esperaría a leerlo. Nico volvió a su cocina con un turno libre al día siguiente. Mara se marchó a casa a su hora.

Inés cerró la puerta del salón y apagó la última luz. En el cristal de la entrada, su reflejo apareció junto al de Nico. Ninguno tenía aspecto de estar a punto de resolver el futuro. Solo de haber terminado un día largo sin perderse en él.