El azar no acepta reservas Capítulo 47. Diez fechas y una condición
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Capítulo 47. Diez fechas y una condición

La propuesta revisada de Salcedo llegó el lunes. Esta vez, los números coincidían. También habían cambiado tres cláusulas: diez fechas garantizadas, calendario repartido entre semana y fin de semana, y la inversión no podía retirarse por una cancelación causada por fuerza mayor.

Había una condición nueva: la finca debía demostrar que podía atender eventos corporativos sin interferir con las bodas ya contratadas. El primer evento sería una jornada de empresa para ochenta personas, dentro de cuatro semanas.

—Cuatro semanas —dijo Blanca—. Y todavía hay que reparar el tejado.

—El tejado puede esperar una semana más —dijo Nico—. La instalación eléctrica, no.

—El evento requiere sala, comida, sonido y un plan para la lluvia —dijo Inés—. Podemos hacerlo si limitamos el montaje a una sola zona.

—No quiero convertir la casa en un centro de congresos —dijo Blanca.

—No lo hará. Es un evento piloto. Si funciona, decidirá si quiere seguir.

—Y si no funciona, nos quedamos con el gasto.

—Si no lo hacemos, no tendremos los datos para negociar.

Blanca se quitó las gafas y las dejó sobre el contrato.

—¿Qué necesitas?

—Un presupuesto separado, una persona responsable de cocina, dos auxiliares de sala y un límite de asistentes. También quiero que la empresa pague una señal que cubra los gastos no recuperables.

—Eso lo negociaremos —dijo Salcedo, que seguía conectado por videollamada—. El cliente es flexible.

—El cliente no existe todavía —dijo Nico.

—Existe. Está esperando una fecha.

—Entonces quiero hablar con ellos antes de confirmar menú.

Salcedo asintió.

—Lo organizo.

Cuando terminó la reunión, Inés fue al jardín para hacer una lista de tareas. Nico la siguió con una carpeta bajo el brazo.

—No quiero que la cocina vuelva a quedarse corta de personal —dijo él.

—Lo sé.

—La última vez aceptamos más invitados porque el número parecía bueno. Después trabajamos catorce horas.

—No vamos a repetirlo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo voy a poner por escrito.

—Eso no garantiza que nadie cambie de idea.

—No. Pero deja claro quién tendrá que aprobarlo.

Nico pasó el dedo por la esquina de la carpeta.

—Me cuesta confiar en que esta vez sí nos escuchen.

—No tienes que confiar de golpe. Puedes comprobar cada paso.

—¿Y si digo que no?

—Entonces buscamos otra forma de cumplir el contrato.

—¿Y si no hay otra forma?

—Entonces decidimos si nos conviene perder esa fecha.

Él la observó con cautela. Inés entendió que no bastaba con decir “esta vez será distinto”. El exceso de trabajo no se arreglaba con una promesa amable.

—Voy a poner un límite de horas para el equipo —dijo ella—. Si el cliente no lo acepta, no se confirma.

—Eso sí puedo discutirlo.

—No es una concesión. Es una condición de trabajo.

—Bien.

A la mañana siguiente, Inés preparó un presupuesto con tres escenarios: el mínimo viable, el recomendado y el completo.

Salcedo eligió el recomendado. Nico revisó el menú y redujo un plato caliente para que la cocina no dependiera de un segundo horno.

Blanca aprobó el uso del antiguo salón de música, una sala que llevaba años cerrada.

—¿Y el piano? —preguntó Nico.

—Lo trasladaremos antes del evento —dijo Blanca—. No pienso dejar que un cliente le apoye un proyector encima.

—Lo llevo yo.

—Con ayuda —dijo Inés.

—Con ayuda —aceptó él.

En el calendario, la fecha quedó marcada en azul. No era una boda, pero el equipo la preparó como si pudiera cambiar el futuro. Quizá podía.