Capítulo 46. El correo de Sergio
El lunes a primera hora, Sergio escribió. No llamó ni mandó un mensaje. Envió un correo formal con el asunto “Propuesta final de incorporación”. Adjuntaba salario, funciones y fecha de inicio. La oferta seguía en pie, con un proyecto importante en Madrid y un equipo que Inés conocía.
No era una amenaza. Eso la hizo más difícil de descartar.
Imprimió el documento y lo leyó en el despacho. Las condiciones eran buenas. El puesto incluía autonomía, presupuesto y la posibilidad de dirigir un festival gastronómico el año siguiente. No se parecía a los trabajos que había rechazado por orgullo o por miedo.
Mara la encontró con las páginas extendidas.
—¿Madrid?
—Sí.
—¿La vas a aceptar?
—No lo sé.
—¿Te apetece el trabajo?
—Sí.
—¿Te apetece la ciudad?
—No lo sé.
—¿Te apetece volver con Sergio?
—No. Eso no forma parte de la propuesta.
—Bien. Entonces no respondas a una pregunta que no te han hecho.
Inés fue a buscar a Nico después de comer. Él estaba revisando una lista de proveedores. Ella le puso la propuesta delante.
—Es una buena oferta —dijo él después de leerla.
—Sí.
—El festival te interesa.
—Mucho.
—¿Quieres ir?
—No quiero tomar la decisión desde el miedo a perder esto.
—Entonces no lo hagas.
—También me da miedo quedarme y descubrir que me he hecho pequeña para que la finca me necesite.
Nico dejó la hoja sobre la mesa.
—¿Qué harías si yo no trabajara aquí?
—Consideraría la oferta.
—¿Y si la finca no existiera?
—También. Pero no me decidiría hoy.
—¿Cuánto tiempo tienes?
—Hasta el viernes.
—Tómate esos días.
—¿No te importa que lo piense?
—Me importa que no conviertas mi respuesta en un argumento. Yo quiero que te quedes. Pero quiero que puedas irte sin pedirme permiso.
—Eso es bastante generoso.
—No es generoso. Es lo mínimo para que esto funcione.
—¿Y si me voy y luego no funciona a distancia?
—Lo averiguaremos cuando toque. No vamos a romper ahora por una posibilidad futura.
Inés guardó la propuesta. Esa tarde escribió tres listas: lo que ganaría, lo que echaría de menos y lo que todavía no sabía. La tercera fue la más larga.
El viernes llamó a Sergio. No lo hizo desde la oficina. Caminó hasta la parada de autobús y se sentó en un banco al sol.
—Quiero aceptar el proyecto del festival —dijo—, pero no el puesto permanente en Madrid.
—¿Qué propones?
—Dirigirlo como consultora externa durante seis meses. Puedo viajar para las reuniones clave y coordinar el resto desde Valencia. Si el formato no funciona, lo dejamos ahí.
—Necesito a alguien presente.
—Puedo estar dos semanas al principio y una semana durante el montaje. El equipo local cubre la operación diaria.
—No es la estructura que imaginaba.
—Lo sé.
Sergio guardó silencio. Inés no trató de rellenarlo.
—Tienes el plan preparado —dijo él al fin.
—Lo he preparado esta semana.
—Enviaré la propuesta al director. No puedo prometer que la acepten.
—Es justo.
Colgaron sin reproches. Inés se quedó un rato mirando cómo un niño intentaba alcanzar una hoja con una rama. No había elegido entre Madrid y Nico. Había encontrado una tercera posibilidad que le interesaba, aunque podía no salir.
Al volver a la finca, Nico estaba en el patio con una caja de herramientas.
—¿Qué ha pasado?
—He pedido trabajar en el festival como consultora. Desde aquí.
—¿Y te han dicho que sí?
—Me han dicho que lo revisarán.
—¿Y tú qué sientes?
Inés pensó en responder “alivio”, pero no era exactamente eso.
—Que he decidido algo sin tener garantías.
—Eso se parece bastante a vivir.
—No te acostumbres a decir cosas sensatas.
—No pensaba hacerlo.