El azar no acepta reservas Capítulo 45. La tecla hundida
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Capítulo 45. La tecla hundida

El domingo, Inés acompañó a Nico a casa de su hermana. El piano estaba junto a una estantería cargada de juguetes y fotografías. La hermana de Nico, Clara, les abrió con un bebé dormido en brazos y una mancha de harina en la camiseta.

—No sabía que venías con visita —dijo.

—Me he enterado cuando ya estaba en el coche —respondió Nico.

—Mejor. Así no he tenido tiempo de fingir que tengo la casa ordenada.

Clara dejó al niño en la cuna del salón y les ofreció café. Nico levantó la tapa del piano. La madera estaba gastada en los bordes; una tecla blanca, cerca del centro, se quedaba a medio camino.

—Podemos arreglarla —dijo Inés.

—No todo se arregla en el momento.

—No he dicho ahora.

—Has mirado el móvil.

—Solo quería saber si había una tienda de música abierta.

—Inés —dijo Clara, divertida—, déjalo tocar una nota desafinada en paz.

Nico se sentó. Colocó las manos sobre las teclas, pero no empezó. Clara se apoyó en el marco de la puerta.

—Mamá te enseñó esa canción hasta que te supiste los acordes dormido.

—También me enseñó a hacer arroz y ya ves cómo me sale.

—Te sale bien.

—Me sale distinto.

Tocó los primeros compases. La melodía vaciló, y la tecla hundida dejó un pequeño silencio donde debía sonar una nota. Nico se detuvo.

—Sigue —dijo Inés.

—No suena como debería.

—No tiene que sonar como debería. Solo tiene que sonar.

Clara asintió, pero no intervino. Nico volvió a empezar. Esta vez llegó al final. La canción no era perfecta; tenía una pausa extraña, como si la casa hubiera respirado en mitad de la frase.

Cuando terminó, el bebé se removió en la cuna y volvió a dormirse.

—Mamá la tocaba más despacio —dijo Clara.

—Mamá hacía todo más despacio.

—No cuando se enfadaba contigo.

—Eso también es verdad.

Inés observó las fotografías. En una, Nico era un adolescente flaco con el pelo demasiado largo. En otra, aparecía junto a su madre en una cocina, ambos cubiertos de harina.

—¿Por qué dejaste de tocar? —preguntó ella, cuando Clara se llevó el café a la cocina.

—Después de que enfermara, cualquier cosa que me recordara a ella se convirtió en una obligación. Si tocaba la canción, tenía que sentir algo concreto. Y a veces solo quería dormir.

—No tienes que sentir lo correcto para recordar a alguien.

—Lo sé ahora. Entonces no.

—¿Y hoy?

—Hoy he oído una nota que no estaba. Y no ha pasado nada.

—Eso parece un buen comienzo.

La tarde se hizo larga y familiar. Clara les enseñó fotos de una reforma a medio terminar, Nico arregló una bisagra y el bebé se despertó para exigir atención con la serenidad de un pequeño jefe. Al despedirse, Clara abrazó a Inés.

—Gracias por traerlo a tocar.

—No lo he traído. Él ha venido solo.

—Ya. Pero tú no le has dicho que pare cuando la nota ha salido mal.

En el coche, Nico condujo unos minutos sin hablar.

—¿Te arrepientes de haber venido? —preguntó.

—No.

—¿Te ha parecido triste?

—Me ha parecido una familia en domingo.

—Eso no contesta.

—No todo tiene que estar triste para que importe.

Nico puso la mano sobre la consola. Inés la tomó. Ninguno hizo una broma para cubrir el gesto.