Capítulo 44. Un jueves sin incendio
El jueves llegó sin avería, sin proveedor desaparecido y sin llamada de emergencia. Inés desconfiaba de los días tranquilos. A las diez, revisó el calendario por tercera vez; a las once, ordenó las cajas de papelería; a las doce, preguntó a Mara si había novedades.
—Solo que el fotógrafo de la boda de junio quiere saber si el jardín tiene sombra a las cinco —dijo Mara.
—La tiene.
—Ya se lo he dicho.
—¿Y ha preguntado algo más?
—Si puede venir a comprobarlo.
—Que venga.
Mara apoyó los codos en el escritorio.
—¿Te inquieta que no haya problemas?
—Me inquieta que todavía no hayan aparecido.
—A lo mejor es un día normal.
—No sé si me fío de los días normales.
—Pues aprende. Yo estoy aprendiendo a pedir días libres, y tú podrías aprender a no inventarte una emergencia para sentirte útil.
—No me invento emergencias.
—El lunes reorganizaste los baños porque un invitado preguntó si había gel de manos sin perfume.
—Era una necesidad real.
—Y el martes cambiaste las sillas de sitio porque una señora dijo que le daba el sol en la cara.
—También era real.
—Claro. Todo es real si lo metes en una hoja de cálculo.
Inés quiso responder, pero se echó a reír. Mara tenía una manera irritante de acertar sin poner cara de tener razón.
Por la tarde, se sentó en el patio con una novela que llevaba en el bolso desde hacía dos semanas. Leyó cuatro páginas. En la quinta, Nico salió con dos cafés.
—¿Te molesto?
—Depende. ¿Traes una urgencia?
—Traigo café.
—Entonces puedes sentarte.
Él puso una taza a su lado y se acomodó en la silla de enfrente.
—¿Qué lees?
—Una historia donde nadie trabaja en bodas.
—¿Y se enamoran?
—Todavía no. Están discutiendo por una herencia.
—Buen comienzo.
—La autora no ha tenido que resolver una avería de generador a las siete de la tarde.
—Quizá por eso escribe tan bien.
Inés cerró el libro sobre un dedo para no perder la página.
—¿Qué harías si la finca no necesitara que la salvaras?
—Cocinaría.
—Eso ya lo haces.
—Cocinaría sin contar raciones ni pensar si el extractor aguanta un servicio más.
—¿Y fuera de la cocina?
Nico se lo pensó.
—Me gustaría volver a tocar el piano. No para ganarme la vida. Para tocar mal una canción hasta que me saliera.
—¿Qué canción?
—Una de mi madre. La tocaba los domingos.
—¿Todavía está el piano?
—En casa de mi hermana. Tiene una tecla hundida y necesita afinarse.
—Perfecto. Ya tienes un proyecto.
—¿Y tú?
Inés miró la cubierta de la novela.
—Me gustaría dirigir un evento que no tuviera que justificar mi sueldo a nadie.
—Eso suena a que ya estás haciendo algo para conseguirlo.
—No sé si quiero quedarme aquí para siempre.
—No te he pedido eso.
—Ya lo sé. Pero a veces la gente oye “me quedo” y cree que significa “me quedo para ti”.
—Yo no quiero ser la razón para que renuncies a algo que deseas.
—¿Y si deseo estar aquí?
Nico bajó la mirada a su taza.
—Entonces intenta que sea por algo más que yo.
—La finca es una razón. El trabajo también. Tú eres una razón, pero no la única.
—Puedo vivir con eso.
—Yo también.
Un abejorro chocó contra la ventana del despacho y se alejó, ofendido por el cristal. Inés abrió el libro otra vez.
—¿Puedo leer? —preguntó.
—Puedes.
—¿Y tú puedes quedarte sin hablar?
—Puedo intentarlo.
Nico se quedó sentado. Durante veinte minutos, ninguno dijo nada. Cuando él se levantó para volver a la cocina, dejó su café a medio terminar. Inés no revisó el teléfono.
Esa noche leyó treinta páginas. La herencia seguía sin resolverse, pero los protagonistas habían encontrado una llave.