El azar no acepta reservas Capítulo 43. La visita de los números
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Capítulo 43. La visita de los números

El martes siguiente, Salcedo llegó con una carpeta azul, dos asesores y una expresión que Inés reconoció de inmediato: la de quien ya había decidido algo y esperaba que los demás lo llamaran conversación.

Blanca los recibió en el comedor. Sobre la mesa había café, agua y una bandeja de coca de llanda que Amalia había preparado sin preguntar si los invitados querían dulce.

Inés se quedó junto a la ventana, con la tablet bajo el brazo.

Nico estaba en la cocina, pero la puerta abierta permitía oírlo cortar verduras con una concentración que parecía diseñada para no escuchar.

—Gracias por venir —dijo Blanca.

—Gracias a usted. Hemos revisado el resumen de la temporada y los datos de ocupación. Hay una mejora clara —dijo Salcedo—. Pero la finca necesita inversión para sostenerla.

Uno de sus asesores proyectó una tabla en la pared. El crecimiento se veía bonito en verde; los gastos, en rojo.

Inés había pasado la noche anterior comprobando las cifras. No todas coincidían con las facturas. Lo señaló sin levantar la voz.

—Esta partida incluye dos veces el alquiler de la carpa de octubre.

El asesor hizo zoom. Salcedo miró a Blanca.

—Es un error de volcado —dijo el asesor.

—Puede ser —respondió Inés—. Pero cambia el margen de la boda y el cálculo de ocupación del trimestre.

—Lo corregiremos —dijo Salcedo.

Nico apareció con una jarra de agua. Al pasar junto a ella, dejó un vaso en la mesa y sus dedos rozaron los de Inés. Ninguno miró al otro.

Salcedo explicó su propuesta: un contrato de doce meses para organizar eventos de empresa y celebraciones pequeñas entre semana.

La inversión inicial cubriría la reparación del tejado del ala norte y parte de la cocina.

A cambio, el grupo tendría prioridad para reservar diez fechas y derecho a revisar los resultados cada trimestre.

—¿Y si una fecha ya está comprometida? —preguntó Blanca.

—Se respeta el calendario actual.

—¿Y si el negocio no alcanza el objetivo? —preguntó Inés.

—Revisamos las condiciones.

—¿Qué significa “revisamos”? —preguntó ella.

Salcedo sonrió como si apreciara la pregunta.

—Que buscamos una solución que proteja a ambas partes.

—Necesitamos que eso aparezca por escrito.

El silencio duró menos de un segundo, pero Inés notó a Nico detener el cuchillo en la cocina.

—Por supuesto —dijo Salcedo—. No queremos sorpresas.

—Entonces, tampoco pongamos una cláusula que permita retirar la inversión si una sola fecha se cancela por causas ajenas a la finca.

El asesor consultó sus notas. Blanca observó la tabla proyectada. La coca de llanda seguía intacta.

—Eso lo puedo revisar —dijo Salcedo.

—Y las fechas deben repartirse. No podemos perder todos los sábados de junio para un contrato que no garantiza un mínimo de eventos.

—Inés —intervino Blanca con suavidad—, quizá primero deberíamos escuchar todo.

Inés bajó la tablet. Había hablado demasiado deprisa. Se obligó a respirar.

—Tiene razón. Termina, por favor.

Salcedo completó la presentación. El acuerdo no era una salvación, pero podía comprar tiempo. También limitaba la libertad de la finca y exigía reformas antes del verano. Al acabar, Blanca pidió una copia para revisarla con su gestor.

Los asesores se marcharon. Salcedo se quedó unos minutos.

—No te gusta dejar una frase sin abrir —le dijo a Inés mientras guardaba la carpeta.

—Me pagan para encontrar lo que falta.

—Y haces bien. La versión revisada llegará el jueves.

Cuando se quedó sola con Blanca, Inés le ofreció disculpas por haberla interrumpido.

—No me has faltado al respeto —dijo Blanca—. Pero aquí también tenemos que aprender cuándo una buena pregunta necesita esperar a que la otra persona termine.

—Lo sé.

—Y tú, Nico, puedes salir de la cocina. No hace falta que cortes zanahorias con tanta rabia.

Nico apareció con una tabla llena de zanahoria picada en cubos casi idénticos.

—No estoy enfadado.

—Estás haciendo la mirepoix como si te debiera dinero —dijo Inés.

Él la miró. La tensión de sus hombros cedió y sonrió.

—¿Crees que la oferta nos conviene?

—Creo que nos conviene tener una oferta que podamos corregir.

—Eso no responde.

—Es lo que tengo por ahora.

—A mí también me pasa —dijo él—. Con las respuestas.

Blanca tomó un trozo de coca y se lo llevó a la boca.

—Pues comed algo antes de que convirtáis la financiación en una discusión romántica.

—No es romántica —dijeron ambos a la vez.

Blanca señaló la bandeja.

—La coca sí.