El azar no acepta reservas Capítulo 42. Sin uniforme
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Capítulo 42. Sin uniforme

La primavera trajo más reservas y menos tiempo libre. Inés y Nico se veían todos los días, pero casi siempre en reuniones, pasillos o junto a una lista de tareas.

—No hemos tenido una cita en tres semanas —dijo Nico.

—Hemos cenado juntos cinco veces.

—En la cocina.

—Y una vez en el coche.

—Eso fue después de una boda.

—Sigue contando como cena.

—¿Te acuerdas de la cena del limón?

—Sí.

—¿Cuándo fue?

—Antes de que firmara el contrato.

—Exacto.

Inés revisó el calendario. La semana siguiente no tenía eventos el jueves.

—El jueves —dijo.

—¿Qué?

—Podemos ir a cenar fuera.

—¿A un restaurante?

—Sí.

—¿Sin hablar de proveedores?

—Podemos intentarlo.

—¿Sin hablar de Salcedo?

—Sí.

—¿Sin llevar una libreta?

—Eso es demasiado.

—Inés.

—De acuerdo. Sin libreta.

El jueves, Nico apareció en el despacho a las ocho. Inés llevaba un vestido azul oscuro y un abrigo. No tenía bolso de trabajo.

—¿Dónde está tu agenda? —preguntó él.

—En el cajón.

—¿Y el teléfono?

—En el bolso.

—¿Y el bolso?

—Lo he dejado en casa.

—¿Qué llevas ahí?

—El teléfono.

—No has cumplido.

—No he dicho que no llevara teléfono. He dicho que no llevaría la libreta.

—Tienes razón.

—Lo sé.

El restaurante estaba en una calle tranquila del centro.

Inés pidió pescado y él pidió verduras asadas.

Durante los primeros minutos, hablaron de los platos.

Después, hablaron de la infancia. Inés contó que de niña había querido ser actriz, hasta que entendió que le daba vergüenza que la miraran.

Nico dijo que había querido tocar el piano, pero se cansó de practicar escalas.

—¿Te arrepientes? —preguntó ella.

—No. A veces me pregunto qué habría pasado.

—Eso no es arrepentirse.

—No.

—¿Te gustaría tocar otra vez?

—A ratos.

—Podrías hacerlo.

—¿Tú podrías volver a actuar?

—No sé.

—Podrías probar.

—¿Y si me pongo nerviosa?

—Te pones nerviosa cuando hablas con Salcedo.

—Eso no se parece.

—Pero lo haces igual.

Inés miró por la ventana. Una pareja caminaba bajo una farola, compartiendo un paraguas demasiado pequeño.

—No sé si quiero volver a ser la persona que era antes —dijo.

—No tienes que volver. Puedes probar algo nuevo.

—¿Como qué?

—Como irte a cenar sin una libreta.

—Eso ya lo estoy haciendo.

—Entonces vamos bien.

Cuando salieron del restaurante, el aire olía a lluvia. Nico le ofreció el brazo. Inés lo aceptó. Caminaron hasta la plaza y se quedaron bajo un toldo mientras empezaba a llover.

—¿Tienes un plan por lluvia? —preguntó él.

—Sí.

—¿Cuál?

—Nos mojamos un poco y esperamos a que pare.

—Eso no es un plan.

—Es el que tengo.

Nico la besó bajo el toldo. La lluvia cayó con fuerza durante unos minutos y luego se convirtió en una llovizna ligera. No había nadie esperándolos, ni una mesa que mover, ni un proveedor que llamar.

—¿Y ahora qué? —preguntó Nico.

—Volvemos andando.

—¿Sin plan?

—Con uno sencillo.

—Me gusta.

Se dieron la mano y caminaron hacia casa.