El azar no acepta reservas Capítulo 38. Veintisiete invitaciones
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Capítulo 38. Veintisiete invitaciones

La cena de Amalia se organizó el primer viernes de febrero.

Encontraron a diecinueve de las veintisiete personas. Cuatro vivían fuera de Valencia; tres habían fallecido; una no pudo venir porque cuidaba a su marido. Los diecinueve que llegaron ocuparon las dos mesas del comedor.

Blanca leyó los nombres en voz alta antes de abrir la puerta. Se detuvo cuando pronunció el de su hermana.

—No sabía que vendría —dijo.

—¿Te alegra? —preguntó Inés.

—Sí. No la veía desde Navidad.

La mujer entró con una bandeja de naranjas y un abrigo rojo. Abrazó a Blanca durante más tiempo del esperado.

—Amalia decía que no podías volver a casa sin comer —dijo—. Aunque fueran las tres de la mañana.

—Y lo hacía —contestó Blanca.

—Más de una vez.

Nico preparó los platos que aparecían en el recetario. Algunos habían cambiado, porque no encontró los mismos ingredientes. Otros eran exactos. La coca de naranja se sirvió al final, recién salida del horno.

Teresa se sentó junto a Blanca. El proveedor de verduras ocupó una silla en la esquina. Dos camareros que habían trabajado en La Senda hacía años llegaron con una caja de vino. Las personas se reconocían por nombres, historias y comidas.

—Yo no sabía que esa lista existía —dijo Blanca.

—Yo tampoco —respondió Nico—. La encontramos dentro del recetario.

—Tu madre no guardaba muchas cosas.

—Guardaba las que podían servirle a alguien.

Blanca levantó su copa.

—Por Amalia. Y por la gente que vino aquella noche.

Todos brindaron.

Inés se quedó en un extremo de la mesa. No había organizado los asientos en función de quién conocía a quién. Había dejado que la gente eligiera. Funcionó mejor de lo que habría podido prever.

—¿Te arrepientes de no haber puesto un plano? —preguntó Nico.

—Un poco.

—¿Y aun así?

—Aun así ha salido bien.

—No te acostumbres.

—No pienso acostumbrarme a que todo salga bien.

—Eso sería razonable.

La cena terminó cerca de medianoche. La hermana de Blanca se ofreció a llevarse a su hermana a casa. Teresa ayudó a recoger los vasos. Los antiguos camareros prometieron regresar en primavera.

Cuando se fueron, Blanca se sentó junto a la ventana.

—No sabía cuánto necesitaba verles —dijo.

—Me alegro de que hayan venido —contestó Inés.

—Tú has hecho que vuelvan.

—Nico encontró la lista.

—Y tú encontraste la manera de convertirla en una cena.

Inés miró a Nico. Él estaba guardando el recetario en la estantería.

—No lo hice sola —dijo ella.

—Eso también es verdad.

Blanca apagó la luz del comedor y salió al patio. La finca quedó en silencio. Inés fue a buscar su abrigo, pero Nico la detuvo junto a la galería.

—¿Te vas a quedar? —preguntó.

—¿Esta noche?

—En La Senda.

Inés sostuvo su mirada. Ya no había un contrato de seis semanas ni una oferta de Madrid esperando en su bandeja de entrada. Había un puesto de tres meses, una inversión por revisar y un invierno que todavía podía salir mal.

—Sí —dijo—. Quiero seguir con el trabajo.

—¿Y conmigo?

—También.

Nico la besó bajo las guirnaldas. El beso no cerró ninguna historia; abrió una que ambos habían decidido seguir escribiendo.

—¿Eso sí lo apuntas? —preguntó él.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no quiero convertirlo en una tarea.

—¿Y cómo vas a recordarlo?

—Me acordaré.

Nico sonrió.

—Eso no es un método.

—Es el que tengo.

Caminaron hasta la verja sin mirar el calendario. Al día siguiente habría una reunión, una factura y una lista de cosas por reparar. Pero esa noche, Inés no tenía ninguna prisa por llegar a la última página.