El azar no acepta reservas Capítulo 37. La lista de Amalia
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Capítulo 37. La lista de Amalia

Era una lista de nombres: veintisiete personas, escritas con tinta azul.

Al lado de cada nombre había una comida distinta.

«Arroz sin sal». «Pan tostado». «Coca de naranja».

«Para llevar a casa». En el reverso, Amalia había anotado una fecha de hacía doce años, la noche en que Blanca había vuelto del hospital después de una operación.

—Mi madre cocinó para todo el mundo —dijo Nico—. No sabía que había guardado esto.

—¿Quiénes son? —preguntó Inés.

—La gente que estuvo con Blanca aquella noche. Vecinos, familia, empleados de la finca. La mitad quizá ya no vive aquí.

—¿Quieres buscarlos?

—No lo sé.

—¿Qué te gustaría hacer?

—Invitarlos a cenar.

—¿A todos?

—A los que encontremos.

—¿Y la lista de invitados?

—La tenemos.

—¿Y el presupuesto?

—Lo calculamos.

Nico le tendió el papel. Inés leyó los nombres. Reconoció a Teresa, la mujer del taller; a un proveedor de verduras; a la hermana de Blanca; a un vecino que había llevado paraguas la noche de puertas abiertas.

—Podemos hacer una cena de agradecimiento —dijo—. Con reserva limitada y un menú fijado.

—No quiero cobrarles.

—No hace falta. Podemos incluirla como gasto de comunidad en el presupuesto, si Salcedo lo aprueba.

—¿Y si no lo aprueba?

—Lo pagamos nosotros.

—No quiero que pagues por esto.

—No he dicho que lo vaya a pagar yo. Digo que podemos buscar una forma.

Nico guardó la lista en el recetario.

—¿Por qué quieres hacerlo?

—Porque la gente que viene a la finca no es solo un cliente. Y porque tu madre hizo lo mismo por Blanca.

—No tienes que sentirte responsable de la familia Ferrer.

—No me siento responsable. Me siento parte del equipo.

Él la observó con una expresión que ella no había visto antes. No era gratitud. Era algo parecido a confiar.

—¿Te quedarás después de los tres meses? —preguntó.

—No lo sé.

La respuesta seguía siendo la verdad, pero ya no era una manera de esquivar la pregunta.

—Me gustaría que te quedaras —dijo Nico.

—Lo sé.

—Y me gustaría que no te quedaras solo por mí.

—No lo haría.

—¿Y si el trabajo te gusta?

—Entonces sería una razón.

—¿Y si la finca vuelve a tener problemas?

—Los tendrá.

—¿Y si yo vuelvo a discutir contigo?

—Lo harás.

—¿Y aun así?

—Aun así.

Nico la besó despacio. No había una fecha que decidir ese día. Había una lista de nombres, una cena por organizar y un tejado que reparar.

Inés tomó el recetario y escribió en una hoja nueva: «Cena de Amalia. Invitar a los veintisiete. Confirmar quiénes siguen en Valencia».

—¿Vas a ponerlo en la agenda? —preguntó Nico.

—En el recetario.

—Eso es nuevo.

—Estoy probando otro sistema.

—¿Funciona?

—Todavía no lo sé.