Capítulo 34. La tormenta de las ocho
La noche de la tercera cena, el viento arrancó una rama del naranjo.
No cayó sobre nadie. Cayó sobre una mesa vacía, volcó dos copas y dejó las servilletas repartidas por el patio. Inés miró el cielo. La tormenta había llegado antes que la previsión.
—Todos dentro —dijo.
Los camareros comenzaron a mover las mesas. Nico salió de la cocina con una caja de platos.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—No lo sé.
—¿El comedor está listo?
—Casi.
—¿Qué significa casi?
—Que las mesas están puestas y faltan las sillas de la galería.
—Voy por ellas.
Un relámpago iluminó el patio. La lluvia cayó de golpe. Los invitados se refugiaron bajo la galería; Mara fue a cerrar las ventanas del comedor. Blanca repartió paraguas y llamó al técnico de guardia cuando la luz parpadeó.
—¿Se va a ir la electricidad? —preguntó una invitada.
—No lo sabemos —contestó Inés—. Pero tenemos luces de emergencia y podemos servir el primer plato frío.
—¿Y si se va?
—Seguiremos.
El comedor se llenó. La cocina pasó al plan alternativo: platos que no necesitaban el horno y una sola tanda de arroz, cocinada antes de que el viento cortara el gas exterior. Inés revisó el aforo y comprobó que nadie se hubiera quedado en el patio.
La electricidad se apagó a las nueve y siete.
El comedor quedó a oscuras durante tres segundos. Después, se encendieron las luces de emergencia y alguien empezó a aplaudir.
—No hace falta aplaudir —dijo Inés, aunque sonrió—. Solo tenemos que esperar a que vuelva la corriente.
Nico salió con una bandeja de velas eléctricas.
—La cocina está bien. El arroz también.
—¿Podemos servirlo sin luz?
—Sí.
—¿Y si tarda?
—Sale caliente.
—¿Y si no?
—Sale menos caliente.
Inés le entregó las luces. Él las colocó en la mesa y empezó a servir. La lluvia golpeaba las ventanas; la gente hablaba en voz baja. El apagón convirtió la cena en algo que nadie había planeado, pero no dejó de ser una cena.
La corriente volvió a las nueve y veinticinco. Nadie se quejó de la demora. Una pareja dijo que era la mejor noche de diciembre que había tenido en años.
—No había mucha competencia —dijo Nico.
—Eso no importa —respondió la mujer—. Estábamos todos aquí.
Al terminar, Inés vio a Salcedo junto a la entrada. Había llegado diez minutos antes del apagón y se había quedado durante toda la cena.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó ella.
—La electricidad se ha ido.
—Sí.
—Y aun así han cenado.
—Sí.
—¿Había un plan para eso?
—Había un plan para cortes de luz. No para una tormenta así.
—¿Entonces?
—El equipo encontró una solución.
Salcedo miró a Nico, que estaba recogiendo las velas.
—Eso también cuenta como sistema —dijo.
—Cuenta como personas que saben trabajar juntas —respondió Inés.
Salcedo anotó algo en la tableta.
—Quiero revisar el acuerdo a principios de enero. Si el calendario de invierno se mantiene, ampliaré la inversión.
—¿Qué significa ampliar? —preguntó Inés.
—Financiar la siguiente fase de reparaciones y renovar el acuerdo por un año.
—¿Con las condiciones actuales?
—Con una revisión de los objetivos.
—¿Y la cocina?
—El señor Ferrer conservará la dirección culinaria.
—¿Y el nombre?
—La Senda seguirá siendo La Senda.
Nico llegó a tiempo para escuchar la última frase.
—¿Ha dicho que seguirá siendo La Senda?
—He dicho que si los resultados se mantienen, ampliaré la inversión.
—Eso es distinto.
—Sí. Es más concreto.
Inés miró a Nico. No habían salvado la finca todavía. Pero ya no dependía de un sí o un no de una sola persona. El equipo había demostrado que podía resolver una noche difícil sin perder lo que hacía especial al lugar.
—Tenemos hasta enero —dijo ella.
—Y un calendario que llenar —añadió Nico.
—Lo llenaremos.
—¿Es una promesa?
—Es una decisión de trabajo.
—Mejor.
La tormenta siguió afuera. Dentro, las luces volvieron a encenderse y el equipo recogió las mesas. Al día siguiente aún habría cuentas, obras y reservas que cerrar; al menos, ya no dependían de que todo saliera perfecto.