Capítulo 33. El hueco de noviembre
La segunda cena se quedó en veintiuna reservas.
El mínimo era veinticuatro. Faltaban tres personas. A cuatro días del evento, Inés llamó a quienes habían preguntado por fechas y aún no habían reservado. No ofreció descuentos. Les explicó que necesitaban confirmar el número para organizar la cocina.
—¿Y si no llegamos? —preguntó Mara.
—La cancelaremos mañana a mediodía.
—¿Y si esperamos un día más?
—El proveedor de pescado necesita saberlo hoy.
—La gente se inscribe a última hora.
—Lo sé. Pero el equipo también tiene que planificar.
Nico apoyó la espalda en la pared.
—Si cancelamos, perdemos el día.
—Si hacemos la cena con veintiuna, perdemos dinero.
—¿Cuánto?
Inés le enseñó la hoja.
—No es mucho.
—Pero no podemos repetirlo cada semana.
—No lo haremos.
El jueves por la mañana seguían siendo veintiuno. Inés preparó un mensaje de cancelación. No lo envió todavía.
—¿Quieres que llame a mis amigos? —preguntó Nico.
—No quiero que llenemos las plazas con personas que vienen por obligación.
—No vendrían por obligación. Les gustaría cenar.
—¿Y pagarían el precio completo?
—Sí.
—Entonces puedes preguntar.
Nico llamó a dos amigos. Uno estaba fuera de Valencia; el otro tenía una cena de trabajo. Ninguno pudo venir.
Mara escribió a una asociación local que había preguntado por el espacio. La coordinadora llamó una hora después y reservó cuatro plazas para voluntarios. No pidió descuento. Dijo que les apetecía probar el menú y conocer el lugar.
—Tenemos veinticinco —dijo Mara.
—¿Y la lista? —preguntó Inés.
—Cerrada.
—¿A tiempo?
—Justo.
La cena se celebró el sábado. Fue menos animada que la primera y más íntima. Los voluntarios hablaron de un proyecto de reparto de alimentos y preguntaron si La Senda estaría dispuesta a colaborar con una comida solidaria en enero.
—Podemos estudiarlo —dijo Inés—. Tendríamos que calcular el coste y el aforo.
—Claro —respondió la coordinadora—. No queremos que nadie pierda dinero.
Nico sirvió el postre y se sentó con ellos durante un rato. La conversación se movió de la comida al trabajo, del trabajo al barrio, del barrio a la finca.
Al terminar, la coordinadora dejó una tarjeta sobre la mesa.
—Cuando tengáis fechas, nos llamáis.
—Lo haremos —dijo Inés.
En el despacho, esa noche, revisó el informe. Los números no eran extraordinarios. Pero la cena había cubierto gastos, había generado una consulta de colaboración y había mantenido al equipo trabajando.
—¿Qué piensas? —preguntó Nico.
—Que no todas las noches tienen que llenarse para servir de algo.
—Eso suena peligroso para alguien que mira el calendario cada diez minutos.
—No digo que no importe llenar las plazas. Digo que el valor no siempre se ve en una sola fila.
—Eso es lo que llevo intentando explicarte.
—Y yo llevo intentando explicar que hay que pagar las facturas.
—Podemos tener razón los dos.
—Parece que sí.
Nico se acercó a la mesa. Inés apoyó la cabeza en su pecho un momento.
—¿Qué pasa si Salcedo decide que no basta? —preguntó ella.
—Entonces sabremos que no le basta.
—¿Y si el banco vende la finca?
—Tendremos que decidir qué hacer.
—No me gusta esa respuesta.
—A mí tampoco.
—¿No podrías inventarte una mejor?
—Podría. Pero no sería más cierta.
Inés cerró los ojos. Ya no buscaba que Nico prometiera que todo iba a salir bien. Le bastaba con que no fingiera saberlo.