El azar no acepta reservas Capítulo 32. La primera noche de invierno
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Capítulo 32. La primera noche de invierno

Inés llevó a Blanca la lista de reservas. Blanca la leyó dos veces.

—Treinta y seis.

—Treinta y seis —confirmó Inés.

—¿Y el personal?

—Siete personas. Dos camareros temporales, Mara, Nico, yo y tú.

—Yo no puedo servir toda la noche.

—No vas a hacerlo. Estarás en la entrada con Mara.

—¿Y tú?

—Me ocuparé de los horarios.

—¿Y Nico?

—Cocinará.

Blanca cerró la lista.

—¿Y si algo sale mal?

—Algo saldrá mal.

—¿Eso te tranquiliza?

—Me ayuda a preparar lo que sí podemos hacer.

La tarde fue larga. La calefacción del comedor necesitó una revisión; una de las estufas del patio no encendió; el proveedor de vino entregó dos cajas de menos.

Inés buscó una solución sin alterar el menú.

La estufa se sustituyó por una manta, el vino se compró en una tienda del pueblo y la calefacción quedó a una temperatura aceptable.

—No es perfecto —dijo Nico al ver las mesas.

—No tiene que serlo.

—Lo dices como si no te importara.

—Me importa que funcione y que la gente esté a gusto.

—¿Y si no lo están?

—Se lo preguntamos.

Los primeros invitados llegaron a las ocho. Una pareja jubilada dijo que había conocido La Senda cuando todavía era una casa familiar. Una mujer vino sola y pidió sentarse junto a la ventana. Tres compañeros de oficina llegaron con una caja de polvorones que habían comprado en el camino.

La cena comenzó a las ocho y media. Nico presentó el primer plato sin discursos: caldo de setas, pan tostado y aceite de la comarca. Después, volvió a la cocina.

La mujer de la ventana le pidió a Inés que llamara al chef.

—¿Hay algún problema?

—No. Quería darle las gracias. Mi marido murió este año. A él le encantaba venir aquí.

Inés no supo qué contestar. Fue a la cocina y se lo dijo a Nico.

Él salió, se sentó un minuto a su lado y escuchó cómo la mujer le contaba que su marido siempre pedía una segunda ración de pan. Nico le prometió que esa noche habría pan de sobra.

Cuando volvió a la cocina, Inés lo esperaba junto a la puerta.

—No tenías que salir.

—Quería hacerlo.

—El segundo plato está esperando.

—Lo sé.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—No. Pero puedo cocinar.

La noche avanzó con calma. No hubo un discurso largo ni una presentación de diapositivas.

Hubo conversación, vino y una sobremesa que se prolongó hasta las once y media.

La música sonó baja. Al final, la mujer de la ventana dejó una propina para el personal y le pidió a Inés que se la entregara a Nico.

—No puedo aceptar una propina aparte —dijo él.

—No es por la comida —contestó ella—. Es por haber escuchado.

Nico aceptó el sobre. Después, lo dejó en la caja común del equipo.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó Inés.

—Porque no he sido el único que ha trabajado esta noche.

—Eso es justo.

—No te acostumbres.

—No pensaba hacerlo.

Al día siguiente, Salcedo recibió el informe de ingresos y gastos. La cena había dejado margen, aunque menor del esperado por las horas extra y la calefacción. También había producido tres reservas para enero.

—No es un gran beneficio —dijo Nico.

—No —dijo Inés—. Es una señal de que puede repetirse.

—¿Una señal se puede poner en una hoja?

—Sí. En la columna de reservas nuevas.

—Entonces la hoja tiene más imaginación de la que pensaba.