Capítulo 31. Tres noches de invierno
La idea de las tres noches de invierno no convenció a Nico hasta que Inés le presentó el menú.
—¿Una cena de brasas en diciembre? —preguntó él.
—Con el comedor abierto y el patio cubierto.
—No podemos usar las brasas dentro.
—No he dicho dentro.
—¿Y si hace frío?
—Mantas, estufas de exterior y una copa caliente de bienvenida.
—¿Y si llueve?
—Comedor.
—¿Y si hace viento?
—Comedor.
—¿Y si los invitados llegan con hambre?
—Les damos de comer.
Nico dejó el menú sobre la mesa.
—Eso último no es un plan.
—Es la parte que depende de ti.
—Me gusta más.
Las tres fechas serían el 6, el 13 y el 20 de diciembre. Un menú de temporada, una mesa larga y un músico local durante la sobremesa. No iba a haber decoración navideña hasta el último sábado, cuando una asociación del pueblo organizaría una recogida de alimentos.
—¿Qué precio ponemos? —preguntó Blanca.
Inés calculó los ingredientes, las horas de cocina, el servicio y la calefacción. El precio final no era barato, pero tampoco desproporcionado.
—Si queremos que esto sea sostenible, no podemos cobrar como si el trabajo no costara —dijo.
—La gente podría pensar que es caro —dijo Mara.
—La gente puede decidir si le interesa. No vamos a bajar el precio antes de que nadie lo vea.
—Me gusta —dijo Nico—. Que paguen por venir a comer, no por sentir pena por nosotros.
Mara diseñó una publicación sin nieve artificial, ni tipografía dorada, ni una pareja abrazada junto a una chimenea. La imagen mostraba una mesa sencilla, un plato humeante y las luces del patio al fondo.
—Parece una invitación, no un anuncio —dijo Blanca.
—Es una invitación —contestó Mara.
Publicaron las fechas el jueves. Durante las primeras veinticuatro horas, se apuntaron nueve personas. Inés vio en ellas un comienzo. A Nico el número le pareció pequeño. Mara pensó que la gente había visto la publicación, aunque todavía no se decidía.
—¿Cuántas plazas necesitamos para no perder dinero? —preguntó Blanca.
—Veinticuatro por noche —dijo Inés—. La sala admite treinta y seis.
—¿Y si solo vienen veinte?
—Cancelamos con tiempo y devolvemos el dinero.
—¿Y si se apuntan treinta y seis?
—Cerramos la reserva.
—¿Y si se apuntan treinta y siete?
—La última persona pasa a la lista de espera.
Nico la miró.
—No hay hueco para un plan por lluvia en esa respuesta.
—Hay tres planes por lluvia.
—Entonces estamos preparados.
Las reservas subieron poco a poco. El 6 de diciembre se llenó primero. Para el día 13, aún quedaban once plazas. La última cena era la más difícil: coincidía con dos cenas de empresa y el partido de un equipo local.
—Podemos retrasarla media hora —propuso Mara—. Así los que quieran ver el partido pueden venir después.
—No vamos a empezar una cena a las diez —dijo Nico.
—No he dicho eso.
—La cocina no puede servir a dos grupos en horarios distintos.
—Podríamos ofrecer un menú más corto.
—No quiero que la tercera noche parezca la versión barata.
—No sería barata. Sería más corta.
—La gente no distingue.
—La gente distingue cuando se lo explicas.
Inés esperó a que los dos dejaran de hablar.
—Probemos una fecha con un menú único, servicio a las ocho y media. Si no llega al mínimo, la cancelamos y devolvemos el dinero. No vamos a cambiar la cena para competir con un partido.
Nico asintió.
—Eso sí.
—¿Lo apunto? —preguntó Inés.
—No hace falta.
—Ya lo apunté.