Capítulo 30. Una semana para el invierno
El contrato se firmó el miércoles. La reparación eléctrica empezó el lunes siguiente.
El técnico calculó que tardaría dos semanas. La primera fecha de noviembre se llenó en menos de tres días. La segunda, una cena de empresa, tardó una semana. No era una solución permanente, pero el calendario empezaba a tener forma.
Inés recibió una llamada de Sergio.
—¿Qué has decidido? —preguntó él.
—Voy a quedarme en Valencia.
—¿En la finca?
—Sí.
—¿Es por el chef?
—No. Es por el trabajo.
—Lo imaginaba.
—¿Te molesta?
—No. Me habría gustado tenerte en el equipo, pero prefiero que elijas algo porque lo quieres.
—Gracias.
—¿Y nosotros?
—No vamos a volver.
—Lo sé. Quería oírtelo decir.
—Entonces ya lo has oído.
—Cuídate, Inés.
—Tú también.
Colgó. No sintió alivio ni tristeza; sintió que una puerta se había cerrado sin dar un portazo.
La semana de la primera cena de noviembre, el técnico descubrió que había que reemplazar más cableado del previsto.
La reparación se retrasaría cinco días. Inés llamó a los clientes y les ofreció cambiar la fecha o trasladar el evento a un restaurante colaborador.
Tres aceptaron el cambio. Uno pidió un reembolso.
—No podemos abrir con la instalación a medias —dijo Nico.
—Lo sé.
—Salcedo va a querer los números.
—Se los daré.
—¿Y si piensa que no cumplimos?
—Entonces le enseñaré la factura y el informe del técnico.
—¿Y si no basta?
—No puedo controlar lo que piense. Puedo darle la información completa.
Nico se quedó mirando el patio. La reparación se había comido parte del presupuesto, y la demora empujaba hacia diciembre una fecha que necesitaban en noviembre.
—¿Te arrepientes? —preguntó él.
—No.
—¿Ni un poco?
—Me preocupa que no funcione. No es lo mismo.
—¿Y si no funciona?
—Entonces tendré que decidir de nuevo.
—¿Y te quedarás conmigo?
Inés se acercó.
—No voy a prometerte eso hoy.
—Lo sé.
—Pero quiero intentarlo.
—Eso me sirve.
Se besaron en la galería, con la obra abierta al otro lado del patio y un rollo de cable apoyado junto a la puerta. No era una escena perfecta. Era una escena de verdad.
Esa noche, Inés revisó las reservas con Blanca. La cifra de noviembre era suficiente para cubrir gastos, pero no para cubrir la siguiente fase de reparaciones.
—Necesitamos diciembre —dijo Blanca.
—Y enero —añadió Inés—. Aunque sean eventos pequeños.
—¿Qué propones?
Inés abrió el calendario. Había huecos, pero también posibilidades: una cena de Navidad para veinte, un taller de cocina, una comida de fin de año para empresas pequeñas.
—Una semana de puertas abiertas de invierno —dijo—. No toda la semana. Tres noches, aforo limitado. Si funciona, repetimos en enero.
—¿Y si no funciona?
—Lo sabremos antes de gastar demasiado.
Blanca sonrió.
—Ahora sí pareces de la familia.
—No sé si eso es un cumplido.
—A veces lo es.
Inés miró el calendario lleno de anotaciones. Ya no le pareció una lista de cosas que podían salir mal, sino un plan: trabajo por hacer, fechas aún disponibles y una vida que no tenía que parecerse a la de nadie más para tener sentido.