Capítulo 29. La mesa larga
El taller de cocina de Amalia se agotó en dos días.
Veinte personas se apuntaron. Una de ellas era la mujer que había visitado la finca durante la noche de puertas abiertas. Se llamaba Teresa y llevó una fotografía antigua de Amalia, de pie junto al horno de leña, con las manos cubiertas de harina.
—Era la mejor coca de naranja de la comarca —dijo.
—No es una competición —contestó Nico.
—Ella siempre decía lo mismo. Luego ganaba.
Nico miró la fotografía. La había visto antes, pero nunca con esa atención.
—¿Puedo quedármela hasta el final del taller? —preguntó.
—Claro.
El sábado, Inés organizó a los asistentes en cuatro estaciones.
Cada grupo pesaría los ingredientes, prepararía una parte de la masa y luego se reuniría en una mesa larga para cenar.
Nico explicó la receta sin convertirla en una clase.
Habló de los tiempos, de cómo reconocer la textura y de por qué su madre nunca medía el azúcar.
—¿Y si me queda seca? —preguntó una mujer.
—Le ponemos más almíbar.
—¿Y si queda demasiado dulce?
—La compartimos con alguien que tenga un día difícil.
La mujer sonrió.
—¿Y si sale perfecta?
—Entonces no me la creo.
Las personas trabajaron juntas. El harina cubrió la mesa, el horno se calentó y alguien puso música desde su móvil. Inés dejó que la noche se desordenara un poco. No todo el mundo estaba en la estación correcta a la hora correcta. Nadie pareció echarlo de menos.
Cuando la coca salió del horno, el aroma llenó la cocina. Teresa probó un trozo y cerró los ojos.
—Es la misma —dijo.
Nico no respondió. Miró la fotografía de su madre y después a Inés. Ella le devolvió una sonrisa discreta.
La cena duró más de lo previsto. Los asistentes preguntaron por futuras fechas, y cuatro dejaron una reserva para una comida de empresa. Una pareja pidió información para celebrar un aniversario. El taller cubrió sus costes y dejó un margen suficiente para pagar las horas adicionales de cocina.
—Esto sí se puede repetir —dijo Nico al final.
—¿Lo apunto? —preguntó Inés.
—Apúntalo.
—¿En la hoja de cálculo?
—Donde quieras.
—Eso es confianza.
—No te acostumbres.
Al terminar, Teresa le dejó la fotografía a Nico.
—No tienes que devolverla —dijo—. Era de tu madre.
—No quiero que la pierdas.
—Entonces guárdala donde la gente pueda verla.
La colocaron en una estantería de la cocina. Blanca la miró en silencio y luego le puso un marco sencillo.
—Tu madre habría disfrutado esta noche —dijo.
—Sí —contestó Nico—. Habría preparado más comida.
—Siempre preparaba más comida.
Inés se quedó cerca, sin intervenir. Nico le tomó la mano debajo de la mesa.
Al día siguiente, Salcedo llamó. Aceptaba el acuerdo por tres meses, con opción a extenderlo si alcanzaban los objetivos de reserva. Mantenía el porcentaje variable que Inés había propuesto y se comprometía a financiar la reparación eléctrica antes del invierno.
—¿Y la cocina? —preguntó Nico, al escuchar el resumen.
—Autonomía para la carta y revisión conjunta del presupuesto.
—¿Y la finca?
—La Senda sigue siendo La Senda.
—¿Y tú? —preguntó Blanca.
Inés miró el contrato abierto en la mesa.
—Si el documento queda como acordamos, acepto el puesto.
—¿Y Madrid? —preguntó Mara.
—Voy a rechazarlo.
—¿Estás segura? —preguntó Nico.
—Sí. No porque quiera quedarme contigo. Porque quiero este trabajo, con estas condiciones y durante estos tres meses. Después volveré a elegir.
Nico asintió.
—Eso me gusta más que cualquier promesa.
—A mí también.